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Capítulo 796:
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Rodger le confió a Kaelyn sus nuevas aspiraciones, buscando con entusiasmo su opinión.
«Kaelyn, contigo a mi lado, siento que cada momento se transforma en algo extraordinario», comenzó, con voz llena de calidez.
De repente se detuvo y miró a Kaelyn con profunda ternura.
Un rubor se extendió por las mejillas de Kaelyn, y sus ojos se llenaron de afecto mientras respondía: «Yo siento lo mismo, Rodger. Cada momento contigo me parece tan perfecto».
Sus miradas se entrelazaron, tejiendo una energía palpable y dulce a su alrededor. Cuando salieron del restaurante más tarde esa noche, descubrieron que había dejado de llover.
Deambulaban tranquilamente por la calle, bajo el encanto de un cielo iluminado por la luna que proyectaba un brillo plateado sobre el paisaje urbano.
El ambiente era sereno y claramente romántico, y sus corazones se llenaban de pura alegría.
Una suave brisa soplaba, trayendo consigo el aroma fresco y rejuvenecedor del aire lavado por la lluvia.
Kaelyn inclinó la cabeza, con la mirada fija en la luna que bañaba el mundo con su luz etérea, con una expresión suave y reflexiva.
Rodger, incapaz de apartar los ojos de ella, la observó mientras adquiría un aura de ensueño bajo el resplandor de la luna. Sus sentimientos se intensificaron, haciéndose más potentes con cada momento que pasaba.
Se detuvo y, con un toque tierno, tomó la mano de Kaelyn y la guió para que lo mirara.
Cuando sus ojos se encontraron una vez más, con la mirada de él ardiendo de admiración, Kaelyn sintió un cálido rubor teñir sus mejillas, que le recordó el primer rubor del amanecer.
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Su corazón palpitaba, atrapado entre los nervios y la expectación; se mordió suavemente el labio inferior, con los ojos brillantes por un pánico tímido.
—Kaelyn —dijo Rodger, con una voz suave pero intensa, vibrante de emoción—. Desde el primer momento en que te vi, supe que eras la elegida.
Las palabras de Rodger flotaban suavemente mientras se inclinaba hacia ella, y sus respiraciones se mezclaban con cada lento paso que daba para acercarse.
Kaelyn inclinó ligeramente la cabeza, con los ojos fijos en el rostro de Rodger que se acercaba, y el pulso acelerado por una oleada de nerviosa expectación. El momento se sintió pesado, cargado de promesas tácitas. Cerró los ojos, agarró con fuerza la tela de la camisa de Rodger y sus dedos se pusieron blancos por la tensión.
Las manos de Rodger, anchas y reconfortantemente cálidas, acariciaron el rostro de Kaelyn. Le ofrecían una fuerza silenciosa que contradecía la suavidad de su tacto.
Su pulgar recorrió la manzana de su mejilla sonrojada, explorando la suavidad de su piel, sensible a los sutiles temblores que la recorrían.
En ese instante sin aliento, el mundo a su alrededor pareció detenerse, sin más sonido que la sinfonía de sus acelerados latidos, que tocaban una melodía de amor en desarrollo bajo el cielo estrellado.
Lentamente, como guiado por el instinto, Rodger inclinó la cabeza y sus labios encontraron los de ella en un beso tan ligero como el aire, tierno y vacilante en su exploración.
Los labios de Kaelyn se estremecieron con el contacto, chispas de calor florecieron en todo su ser, envolviéndola en un capullo de sensaciones.
Su mente se vació de todo excepto del calor de la cercanía de Rodger, cuyo reconfortante aroma llenaba sus sentidos.
Su cuerpo tembló, un suave eco de su confusión interior, pero se encontró derritiéndose en el beso, con los brazos alrededor de su cuello, atrayéndolo hacia ella.
Su beso fue un baile lento, suave y prolongado, bañado por el brillo etéreo de la luz de la luna, que los envolvía en una silueta suave y onírica.
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