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Capítulo 1153:
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Kaelyn se quedó mirando las agujas, mientras destellos de recuerdos brotaban en su mente: su mano, firme, guiando una aguja hacia un punto de acupuntura bajo una luz tenue.
Cerró los ojos y luego los volvió a abrir, con una determinación clara. «Adams, ¿puedes encontrar a alguien más que conozca esta técnica?».
Él negó con la cabeza y soltó un profundo suspiro. —Eres la única que queda que la conoce, Kaelyn.
Se le encogió el corazón y sintió un nudo en el pecho. ¿Se habían cerrado todas las puertas? Los ojos de Adams transmitían una profunda tristeza. —Aunque se lo enseñaras a otra persona, la técnica es arriesgada. Un movimiento en falso podría dañar gravemente tu cerebro.
Kaelyn apretó los dedos y se clavó las uñas en la palma de la mano. —Entonces, no hay otra…
Adams hizo una pausa y luego habló con cautela. —La amnesia desconcierta a los médicos de todo el mundo, pero podríamos probar una combinación de tratamientos. Quizás, solo quizás, encontremos una solución.
«¿Un avance?».
La palabra le pareció frágil, como una débil esperanza frente a una tormenta imponente. Afuera, caía la tarde, los últimos rayos de sol se desvanecían tras las densas nubes, dejando el estudio en penumbra y silencio. Kaelyn contempló las agujas en su mano, cuyo débil brillo reflejaba la incertidumbre que se arremolinaba en su corazón.
El crepúsculo pintaba el cielo con suaves tonos pastel cuando Kaelyn cruzó la puerta de la casa de la familia Patel. Una fresca brisa otoñal le acariciaba la piel, trayendo consigo la promesa del cambio de estación.
Se ajustó el chal de cachemira alrededor de los hombros, con la mente puesta en la visita que le esperaba a la finca Barnett. La idea se afianzó en su mente: ella pertenecía a la familia Barnett, y volver a casa significaba honrar ese vínculo.
𝓤𝓵𝓽𝓲𝓶𝓪𝓼 𝓪𝓬𝓽𝓾𝓪𝓵𝓲𝔃𝓪𝓬𝓲𝓸𝓷𝓮𝓼 𝓮𝓷 ɴσνєℓα𝓼𝟜ƒα𝓷
El coche se deslizó bajo los imponentes plátanos cuando una encantadora cafetería llamada «Angelica’s Time» le llamó la atención.
Algo revoloteó en el pecho de Kaelyn y levantó la mano para hacerle señas al conductor.
La puerta cedió a su toque, haciendo que la campana de viento entonara una delicada sinfonía. La embriagadora fragancia del café la envolvió, mezclándose con la cálida dulzura de los pasteles recién hechos.
Detrás del pulido mostrador, Angelica manejaba el molinillo de café con experta precisión. La campana atrajo su mirada hacia arriba y sus luminosos ojos brillaron al reconocerla.
«¡Kaelyn!», exclamó Angelica mientras se apresuraba a acercarse. Su blusa de seda reflejaba la luz y los puños bailaban con cada paso ansioso. «Esta misma mañana le comentaba a Landen lo mucho que deseaba verte».
Kaelyn observó a la elegante mujer que tenía ante sí y le vinieron a la mente fragmentos de información: Angelica, la amada de Landen, brillante y serena, el alma de esta íntima cafetería.
La calidez floreció en el rostro de Kaelyn sin que ella lo ordenara conscientemente. —El aroma del café me llamó desde la calle y no pude resistirme a entrar a visitarte.
—¡Qué oportuno! Esta misma mañana han llegado granos frescos de Waytinala. Déjame prepararte un buen café de filtro. —Angelica la guió hacia una acogedora mesa junto a la ventana.
Desde su asiento, Kaelyn observó el elegante baile de Angelica alrededor de la estación de café. El ritual de preparación de Angelica fascinó a Kaelyn: la forma en que se inclinaba sobre su trabajo, un mechón rebelde de cabello escapándose para enmarcar su mejilla, olvidado en su completa absorción. Cada movimiento transmitía la reverencia de una artista creando su obra maestra.
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