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Capítulo 1108:
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«Kaelyn… Rodger…». Los nombres se le escaparon de la boca, no más fuertes que un suspiro, pero cargados de un peso que le hacía doler los huesos. Una extraña familiaridad se agitó en su interior, como una melodía olvidada hace mucho tiempo que de repente recordaba.
Sorprendida por su propia reacción, se sintió desconcertada y ansiosa por comprender más. Pero justo cuando su dedo se cernía sobre el siguiente vídeo, un leve susurro rompió el silencio, suave, deliberado, rozando la alfombra fuera de la puerta. Se le tensó la espalda.
Kaelyn volvió rápidamente a su interfaz de trabajo, con los dedos bailando sobre el teclado a un ritmo constante, como si nunca hubiera parado. Cuando la puerta se abrió con un chirrido, sus ojos permanecieron fijos en el monitor, con las pestañas inmóviles como el cristal.
«Arielle, ¿aún no has terminado?». La voz de Javier se deslizó en la habitación como seda cálida.
Kaelyn levantó la vista lentamente, frotándose los ojos enrojecidos. «Verificar estos datos es como excavar en arena seca. ¿Qué hora es?».
Con un movimiento fluido, se guardó la memoria USB en la manga. El vídeo de la boda había desaparecido, sustituido por una pantalla llena de cifras interminables que parpadeaban fríamente.
«Ya son las diez y media», respondió Javier con tranquila preocupación. «Deberías descansar. Te he calentado un poco de leche, tómala mientras aún está caliente».
Ella tomó la taza que él le ofrecía, y sintió su calor irradiando en sus palmas. Su mirada se desvió hacia una foto enmarcada que había sobre el escritorio: ella y Javier envueltos en trajes de esquí, con sonrisas tan brillantes como la nieve que había detrás de ellos.
«¿Solíamos viajar mucho?», preguntó en voz baja, mientras sus dedos trazaban distraídamente el borde de la taza.
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Javier siguió su mirada y sonrió levemente. —Sí, esa es de Survita. Fuimos a esquiar allí.
—¿En serio? —Sus ojos brillaron con interés—. Me encantan las montañas nevadas, pero no recuerdo nada de eso. Quizás si me cuentas más, lo recuerde. —Lo miró, con los ojos llenos de sincera curiosidad.
—Por supuesto… —La voz de Javier se quebró un poco. «Fue un viaje maravilloso. Te enseñé a esquiar e hicimos un pacto para volver cada año… ¿No recuerdas nada?».
Bajo su tono tranquilo, la preocupación le picaba. Según los informes, Kaelyn había desaparecido una vez en esas mismas montañas. Si ahora se le despertaba la memoria, podría desentrañarlo todo. Ese miedo se enroscaba en su interior como un resorte que se tensaba.
«¿Ah, sí? Estás siendo muy vago». Kaelyn se inclinó hacia delante, con un tono de voz juguetón. «He oído que hay muchos pueblecitos encantadores allí. ¿En cuál nos alojamos?».
«Creo que fue en Silveroak». Los dedos de Javier comenzaron a tamborilear sobre la mesa, inconscientemente. «¿Te acuerdas? ¿La pequeña posada con la cálida chimenea?».
«¿Ah, sí? ¿Tenía ventanas?», preguntó Kaelyn, con un tono desafiante. «¿Se veían las montañas desde allí?».
Javier tragó saliva visiblemente. —Sí… pero la niebla invernal era espesa. La vista era… borrosa. —Se levantó bruscamente—. Arielle, es tarde. Deberías descansar.
—Está bien —dijo Kaelyn con un suave suspiro—. Pero la próxima vez, no lo olvides: me debes más historias.
—Por supuesto… La próxima vez —respondió él, ya a medio camino de la puerta.
Kaelyn lo vio marcharse, el suave clic de la puerta marcando su retirada. La leche se había enfriado un poco en sus manos. Devolvió la foto a su sitio, con los dedos posados en el marco, mientras sus pensamientos se entrelazaban con recuerdos tácitos.
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