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Capítulo 1071:
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El motor rugió al arrancar y el vehículo se lanzó hacia delante, engullido por la noche negra como el azabache y su lluvia implacable.
Rodger pasó el pulgar por una foto en su teléfono: Kaelyn, sonriendo como si la tristeza fuera solo un mito. Su mirada ardía con determinación.
«Aguanta, Kaelyn. Esta vez, romperé las cadenas que te atan».
El amanecer irrumpió como un susurro y Kluiyane se encogió en el espejo retrovisor, difuminada por un velo de niebla y recuerdos.
Kaelyn se sentó en el asiento del copiloto, pasando los dedos por el cristal empañado. Su pierna derecha, antes inmovilizada con yeso, ahora estaba libre. Aunque todavía no podía correr ni saltar, podía caminar. Y eso ya era algo.
Miró su mano, trazando las finas líneas de su palma, como si fueran runas de una vida que una vez había conocido.
—¿En qué piensas, Arielle? —La voz de Javier flotó a su lado, suave como la seda. Vestido con un jersey de cachemira azul oscuro, sus largos dedos descansaban casualmente sobre el volante, los ángulos de sus manos limpios y elegantes.
La luz del sol se filtraba a través del parabrisas, dibujando suaves sombras sobre sus rasgos casi esculpidos.
—Solo son nervios —respondió Kaelyn con una suave sonrisa—. Conocer a tus padres de improviso…
Javier esbozó una tranquilizadora sonrisa. Se inclinó y le cubrió la mano con la suya. —Ya te han acogido como a una más de la familia —dijo, acariciándole la piel con el pulgar como si fuera una promesa silenciosa—. Y también visitaremos a tus padres.
Se le cortó la respiración.
¿Sus padres?
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De repente, unas imágenes fugaces se agitaron en su interior: escenas borrosas de un hospital estéril, el olor acre del antiséptico y… retratos de piedra que la miraban desde las lápidas. Pero cuando intentó alcanzarlas, los recuerdos se desvanecieron, como si su mente estuviera recogiendo agua que se negaba a quedarse.
«Creo que…», titubeó, «apenas los recuerdo».
Javier le apretó la mano con firmeza y calidez. —La pérdida de memoria tras un trauma no es infrecuente —dijo con delicadeza—. Cuando lleguemos a la casa donde has vivido tanto tiempo, veas las fotos y toques lo que te resulta familiar, quizá lo recuerdes todo. —Su voz la envolvió como una suave manta.
Afuera, la carretera estaba flanqueada por hileras de arces, cuyas hojas ardían en el fuego del otoño, como si la propia tierra estuviera en llamas.
Javier encendió el equipo de música. La música de piano llenó el coche, fluyendo como un río tranquilo a través del silencio.
«Esta solía ser tu favorita», dijo en voz baja.
Kaelyn escuchó, dejando que la melodía se filtrara en su interior. Sí, le despertó algo, como un susurro desde una habitación olvidada. Pero en algún lugar más profundo, una discordia parpadeaba. Sentía, sin saber por qué, que su corazón latía por algo más ferviente, más tempestuoso.
Y entonces, solo por un momento, una melodía de piano diferente resonó en su mente, algo salvaje, algo libre.
«¿Nosotros…?» La pregunta se atascó en la garganta de Kaelyn, la incertidumbre pesaba en cada palabra. «¿Solíamos ir juntos a conciertos?»
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