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Capítulo 1068:
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El chequeo fue meticuloso. Las manos de Rogelio James, cálidas y secas, examinaron suavemente su muñeca en proceso de curación. «Se está curando bien», señaló, levantándole los párpados uno a uno. «Pero la memoria… la memoria es un hilo frágil. No se puede apresurar».
«Doctor James… ¿alguna vez recordaré?», preguntó Kaelyn en voz baja, con un tono que delataba la preocupación que ya no podía contener.
El anciano médico le dio una suave palmada en la mano a Kaelyn. «Es bueno estar rodeada de gente y lugares que conoces bien. Te ayudarán a sentirte como en casa».
Luego miró a Javier con una mirada cómplice y añadió: «Especialmente aquellos que lo son todo para ti».
Javier estaba de pie junto a la ventana, su silueta suavizada por el resplandor que había detrás de él. Se acercó y tomó la mano de Kaelyn con delicadeza. «No hay por qué preocuparse. Estaré a tu lado, siempre». La noche se hizo más oscura.
Kaelyn estaba sola en la terraza del dormitorio, contemplando las luces lejanas de Kluiyane. La brisa nocturna acariciaba su camisón, trayendo un ligero escalofrío.
La villa era un ejemplo de cuidado y consideración. El armario contenía vestidos que le quedaban como un guante, el tocador exhibía los perfumes que le encantaban y las fotos junto a la cama capturaban momentos felices con Javier.
Todo parecía perfecto, demasiado perfecto, como un sueño tejido con cuidado por alguna razón.
Miró su palma y se fijó en una leve cicatriz. ¿Era del accidente de coche? ¿O era algo completamente diferente?
La puerta de la terraza se abrió suavemente.
—¿No puedes dormir? —La voz de Javier flotó en el aire, suave como el aire nocturno.
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Kaelyn permaneció inmóvil, con la mirada fija en el horizonte.
El viento suspiró y las luces lejanas parpadearon, como fragmentos dispersos de sus recuerdos que se desvanecían.
Los días lluviosos se habían instalado en Kluiyane.
Afuera, la lluvia caía como una pesada cortina, golpeando suavemente las altas ventanas de la villa.
Kaelyn estaba sentada en el sofá de cuero del estudio, con una pesada revista médica abierta en su regazo. Sus dedos rozaban los bordes de las páginas sin pensar.
Últimamente, Javier había llenado casi todas las estanterías con libros y documentos: edición genética, medicamentos específicos y biología molecular. Los términos complejos le parecían una llave que poco a poco desbloqueaba fragmentos de su pasado.
«Este modelo…», susurró, deteniéndose en un detallado diagrama de una estructura molecular. Le resultaba muy familiar, como si hubiera trabajado con él mil veces.
Pero cuando intentó profundizar, su mente se topó con un muro en blanco.
«Arielle, ¿qué te ha llamado la atención?», preguntó Javier desde la puerta. Llevaba un jersey gris oscuro que resaltaba su pálida piel, y sus ojos eran cálidos tras las gafas de montura dorada.
«Estos papeles…», Kaelyn levantó la vista, vacilante. «Me parecen algo que conozco al dedillo».
Javier se sentó a su lado, dejando tras de sí un ligero aroma a cedro. «Por supuesto que sí», dijo con una suave risa. «Este era tu mundo».
Kaelyn cerró el diario y habló. —¿Y mis notas? ¿Mis registros de laboratorio o mis borradores? ¿No me ayudarían a recordar más rápido?
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