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Capítulo 1059:
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Kaelyn apretó los labios en una línea firme mientras su mirada escrutadora exploraba metódicamente cada rincón de su entorno. Las lujosas dimensiones del dormitorio, la impresionante vista de las montañas esmeralda enmarcada por las altísimas ventanas que iban del suelo al techo y la silueta lejana de la urbanización en el horizonte… A pesar de la innegable opulencia que impregnaba cada detalle, una inexplicable inquietud se agitaba en lo más profundo de su ser.
«¿No íbamos a volver a Maritania?», preguntó en voz baja.
Javier se sentó en el borde de la cama, con tono despreocupado. «Ese era el plan, pero anoche recibí una llamada de un amigo. Están de vacaciones en Thania y nos invitaron a unirnos a ellos durante unos días. Por eso hemos venido aquí».
Hizo una pausa calculada, suavizando deliberadamente su penetrante mirada para proyectar sinceridad. «Recordé tu aversión expresada por los viajes aéreos largos, lo que finalmente influyó en mi decisión de modificar nuestra trayectoria en consecuencia».
Kaelyn se sumió en un silencio contemplativo, sus dedos trazando distraídamente círculos repetitivos alrededor del borde cristalino de su vaso. Algo no le cuadraba, pero no conseguía averiguar qué era.
—¿Qué pasa? ¿Estás molesta? —Javier se inclinó ligeramente, clavando en ella una mirada inquietante e intensa—. Si este arreglo no te parece bien, podemos organizar nuestra partida de inmediato.
Kaelyn levantó la mirada para enfrentarse directamente a su escrutinio. Aquellos ojos insondables rebosaban de aparente ternura, pero una desconfianza instintiva persistía en ella, una sospecha inquebrantable de que algo siniestro acechaba bajo ese barniz de compasión meticulosamente elaborado.
«No, es solo que…». Vaciló momentáneamente, pero luego descartó sus preocupaciones con un sutil movimiento de cabeza.
«Quizás mi sistema simplemente necesita más tiempo para aclimatarse a estos cambios inesperados».
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Javier soltó una risa suave y calculada mientras extendía la mano para revolverle el pelo con familiaridad. «Evite darle vueltas innecesariamente al asunto. Concéntrese en recuperarse. En breve le traerán el desayuno directamente a esta habitación. ¿Tiene alguna preferencia culinaria en particular?».
Kaelyn esbozó una sonrisa pálida que no logró iluminar sus ojos turbados. —No tengo ninguna petición específica, cualquier cosa que haya disponible será suficiente.
Javier reconoció su respuesta con un gesto superficial antes de levantarse para marcharse.
En el instante en que la pesada puerta se cerró tras su figura, la sonrisa fingida de Kaelyn se evaporó como la niebla matinal.
Su atención se centró en sus manos, donde sus dedos delataban su confusión interna a través de un temblor sutil pero persistente.
Una sensación ineludible acechaba su conciencia: la certeza de que algo vital se había arrancado de su memoria. A pesar de su desesperado esfuerzo mental, el recuerdo crucial bailaba tentadoramente fuera de su alcance, escapándose cada vez que se acercaba a comprenderlo.
Los cielos desataron su furia y una lluvia torrencial cayó en cascada sobre la tierra, transformando el camino de montaña en traicioneros canales de barro viscoso que se tragaban por completo las huellas de los vehículos. Rodger mantuvo su postura junto al robusto vehículo todoterreno, con riachuelos de agua de lluvia cayendo en cascada por los ángulos afilados de su mandíbula antes de fundirse con el lodo terroso que se infiltraba en el tejido de su cuello.
Su mirada fija permaneció clavada en el sendero que se extendía ante él, donde una caótica red de huellas de neumáticos desaparecía siniestramente en la impenetrable fortaleza verde del bosque. Desde algún lugar dentro de esa oscuridad primigenia, el rugido lejano pero inconfundible de un motor rompía periódicamente la percusión constante de la lluvia.
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