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Capítulo 1053:
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La calidez se desvaneció de la sonrisa de Javier, dejándola frágil y hueca. Sin previo aviso, una urraca azul se estrelló contra la ventana, dejando huellas carmesí de plumas en el cristal antes de caer.
Con una precisión exasperante, se sacó las gafas y limpió cada lente con un pañuelo de seda, un movimiento metódico que de alguna manera constreñía el aire de la habitación.
«Naturalmente, me remito a tu criterio», admitió finalmente con un suspiro cargado que desmentía sus palabras complacientes. Metió la mano en su maletín y sacó una caja forrada de terciopelo. «Sin embargo, esta preparación no puede esperar. A nuestro regreso, los preparativos de la boda comenzarán de inmediato».
Dentro de la caja había un collar de platino con un colgante en forma de corazón elaborado con delicada precisión. En el centro brillaba un diamante de color rojo intenso que reflejaba la luz como una gota de sangre.
Kaelyn contempló la brillante gema con un dolor punzante en la cabeza.
Por su mente pasaron imágenes fugaces: las duras luces quirúrgicas, el pitido constante del monitor cardíaco y una voz suave que le susurraba que sería la novia ideal.
Mientras el frío broche del collar rozaba su cuello, miró por la ventana. Tres hombres vestidos con trajes oscuros se dirigían rápidamente hacia la entrada trasera del hospital. El líder era alto, su piel brillaba bajo los rayos del sol y despertaba en su corazón una extraña sensación de reconocimiento.
¿Por qué le resultaba tan familiar este hombre, como una parte perdida de su pasado?
Antes de que pudiera detenerse en ese pensamiento, los hombres desaparecieron de su vista, dejando atrás el hospital.
—¿Estás bien, Arielle? —preguntó Javier, con voz suave pero llena de preocupación al notar su mirada distante.
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—No es nada —dijo ella en voz baja, esbozando una leve sonrisa—. Creí recordar algo, pero ahora se me ha olvidado.
Javier se tensó por un momento antes de insistir. —¿Qué era, Arielle? ¿Qué has visto?
Kaelyn negó con la cabeza y esbozó una pequeña sonrisa de disculpa. —Es como intentar atrapar el humo. Cuanto más lo intento, más rápido se me escapa.
Javier se relajó y exhaló un suspiro tranquilo, acariciándole la mano. —No te exijas demasiado. Tu salud es lo primero. Yo siempre estaré aquí, pase lo que pase.
El sol de la tarde brillaba con fuerza, con una luz intensa e implacable. Rodger estaba de pie en los escalones de mármol del hospital, con gotas de sudor en la frente.
En la mano, apretaba una foto desgastada de Kaelyn. Su sonrisa brillaba con fuerza bajo la bata blanca de laboratorio, capturada solo tres días antes de su desaparición.
«¡Comisario Barnett!». Dewitt salió corriendo del vestíbulo del hospital, con el rostro iluminado por la urgencia. «¡Una enfermera de la tercera planta la ha visto! ¡Dice que Kaelyn estaba tocando el piano en la sala de música!».
El corazón de Rodger se encogió, en un nudo de esperanza y miedo.
«¿En qué habitación está?». Su voz sonó áspera, apenas más que un susurro. Dewitt ya se estaba moviendo, corriendo hacia el ascensor.
«¡La enfermera está comprobando los registros ahora mismo!».
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