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Capítulo 1048:
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«Necesito ver el laboratorio», le interrumpió Kaelyn, agarrando los brazos de cuero de la silla de ruedas con tanta fuerza que le quedaron marcas de uñas.
Javier se desplazó por la galería de su teléfono y mostró imágenes de un laboratorio reluciente repleto de equipos de última generación. Pero un detalle la dejó helada: el logotipo de la incubadora era totalmente incorrecto. No era en absoluto el emblema de Rhine Biotech. La jeringa reflejó la luz del techo como una navaja cuando la enfermera extrajo el sedante.
A través de la niebla que le provocaba la medicación, Kaelyn captó fragmentos de la silenciosa conversación telefónica de Javier. «Sí, el jet sale el miércoles según lo previsto… NO, su estado sigue estable…».
Antes de que la oscuridad se apoderara de ella, un dolor agudo le atravesó el dedo anular.
En las profundidades del olvido, una voz atravesó el oscuro abrazo del sedante.
Traía consigo el calor del verano en su aliento. «Kaelyn, despierta…».
Pero cuando despertó, solo quedaban imágenes borrosas y fragmentadas, que se le escapaban por más que intentara aferrarse a ellas.
Esa tarde, Javier llegó irradiando una alegría apenas contenida. «Arielle, te he traído tu querido piano. Ven, tienes que verlo». Guió su silla de ruedas hasta el gran salón.
La luz de la tarde se filtraba a raudales por las altísimas ventanas, transformando las teclas blancas y negras del piano en oro y plata fundidos.
Kaelyn se acomodó ante el instrumento, con las manos suspendidas sobre las teclas como si las atrajera un antiguo magnetismo.
«¿Quizás podrías tocar tu pieza favorita?», la animó Javier con voz suave como el terciopelo. «Algo que te llegue al alma».
Sus dedos rozaron el marfil. La primera nota floreció, pura y verdadera, y de repente su cuerpo se movió con una gracia sobrenatural, como si la memoria muscular por sí sola pudiera resucitar lo que su mente había perdido.
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Los dedos de Kaelyn bailaron instintivamente sobre las teclas del piano, como despertados por algún recuerdo antiguo enterrado en lo más profundo de sus músculos y huesos. Una melodía triste pero exquisita floreció bajo su toque.
Era el Nocturno de Chopin.
Las enfermeras se detuvieron en seco, atraídas por las inquietantes notas que ahora llenaban la habitación.
La música transmitía una profunda melancolía que parecía hechizar todo lo que estaba a su alcance. Incluso el raro pavo real blanco que se encontraba más allá de la ventana dejó de deambular e inclinó su elegante cabeza con curiosa reverencia hacia el sonido.
Javier permanecía inmóvil cerca de allí, con la suave luz reflejándose en sus gafas de montura dorada. Su expresión reflejaba el asombro de alguien que descubre una obra maestra perdida, bebiendo cada nota.
Aunque una leve sonrisa adornaba sus labios, algo turbulento se agitaba detrás de sus ojos, profundidades demasiado oscuras para comprenderlas.
Kaelyn tocaba con los ojos cerrados, entregándose por completo a la música. Su ritmo se aceleró y su técnica se agudizó con cada frase, como si sus manos recordaran una interpretación grabada en lo más profundo de su alma. Sin embargo, justo cuando la pieza alcanzaba su crescendo, sus dedos tropezaron.
Algo iba mal.
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