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Capítulo 1041:
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No era la cálida luz de la empatía que un sanador debería mostrar, sino el destello de un depredador saboreando el momento en que su presa se da cuenta de que la trampa se ha activado.
«No te alarmes», dijo Hans suavemente, aunque su voz se deslizó por su espina dorsal como una hoja de hielo. «Tu memoria volverá, poco a poco. Por ahora, concéntrate en curarte».
Cuando se dio la vuelta para marcharse, el dobladillo de su impoluta bata blanca se levantó y los ojos de Kaelyn se fijaron en algo que no pertenecía a un hospital: una extraña pistola sujeta a su cintura. La sangre pareció congelársele en las venas. Fuera lo que fuera ese lugar, no era un hospital destinado a curar.
La puerta se cerró silenciosamente tras él, sus pasos se disolvieron en el silencio, pero un extraño aroma permaneció en el aire: una mezcla de desinfectante estéril y algo más íntimo, más inquietante, como una colonia cara mezclada con amenaza. Los dedos de Kaelyn se aferraron con más fuerza a la sábana, sus nudillos palidecieron bajo la presión.
—No tengas miedo —dijo la enfermera con dulzura. Su rostro redondo se arrugó en las comisuras con una sonrisa que intentaba tranquilizarla—. Soy Lina, tu enfermera asignada.
Kaelyn bajó la mirada hacia la etiqueta con el nombre que llevaba la mujer en el pecho: Lina Keller. Debajo había una secuencia de números que no conseguía entender.
Intentó mantener la voz firme. «¿Cómo he llegado aquí?».
Lina parpadeó y ajustó la bolsa de medicamentos del soporte intravenoso con manos cuidadosas, evitando deliberadamente la mirada inquisitiva de Kaelyn.
«No estoy segura. Estabas inconsciente cuando te trajeron». Hizo una pausa y añadió: «Pero tranquila, el Dr. Klein es el mejor especialista en cerebros. Estás en buenas manos». Pero Kaelyn no se tranquilizó tan fácilmente.
Había captado el destello detrás de la sonrisa de Lina, como una sombra que se escabulle detrás de una cortina.
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Su mirada recorrió la habitación, una celda fría y clínica sin ventanas. En la esquina, una cámara de vigilancia parpadeaba con su ojo rojo inmutable, como un centinela vigilante. Por fin, su atención se desvió hacia el interior. Levantó una mano temblorosa, se tocó la parte posterior de la cabeza y hizo una mueca de dolor. Sus dedos encontraron un grueso vendaje y, debajo de él, un dolor lento y pulsante. «Mi herida en la cabeza…», murmuró.
«Probablemente solo sea un golpe», respondió Lina con ligereza, entregándole un vaso de agua como si la herida no fuera más que un dedo del pie magullado. «Ya está tratada. No hay nada de qué preocuparse».
Pero Kaelyn frunció el ceño. Algo en la intensidad del dolor, en la sensación bajo la gasa, no le cuadraba.
Lina no estaba diciendo la verdad. No se trataba del golpe seco de una caída accidental. No, este dolor tenía otra historia, una escrita por algo más pesado, más cruel. Probablemente la causa misma de su pérdida de memoria.
Aceptó el vaso, pero no bebió. Sus ojos se posaron en la bandeja de la mesita de noche: jeringas cuidadosamente dispuestas, pastillas de colores y viales que susurraban secretos de sedación.
Con Lina de espaldas, Kaelyn observó cómo la enfermera sacaba un pequeño vial de su bolsillo y, con facilidad experta, extraía el líquido transparente con una jeringa. Un sedante.
Kaelyn entrecerró los ojos, pero su rostro no delató nada. Dejó el vaso intacto sobre la mesa y sus dedos tamborileaban en el borde con un ritmo débil y deliberado.
—Es hora de la inyección —dijo Lina, volviéndose con una sonrisa dulce pero vacía—. Te ayudará a recuperarte.
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