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Capítulo 64:
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Si me encarcelan, ¿quién cuidará de ellos?
Mi madre, Lyra, nunca podría soportar tal responsabilidad. Nunca quiso ser madre, y mucho menos abuela, y sé que los rechazaría sin pensarlo dos veces.
¿Su padre?
¿Caelum o Alexander?
Ambos son incapaces de criar a los gemelos. Uno está consumido por sus propias responsabilidades y el otro… bueno, Alexander ya no está presente en mi vida.
Horas y horas de reflexión no me llevan a ninguna parte.
Todas las opciones que considero tienen un peso insoportable y, en ambas alternativas, pierdo a mis hijos de alguna manera.
Si asumo la culpa, pierdo la libertad de verlos crecer.
Si me niego, la muerte me llevará antes de que pueda volver a abrazarlos.
El dolor de este dilema es tan agudo como el cuchillo que ella una vez apretó contra mi cuello.
La vieja puerta se abre con un chirrido seco, como si incluso la casa estuviera cansada.
Aparece ella, la esposa de mi antiguo jefe, con una bandeja en las manos.
Todo mi cuerpo se tensa, una reacción automática nacida del miedo.
Pero cuando mis ojos se fijan en la bandeja, veo que no hay comida.
Nada para calmar el hambre que me devora el estómago.
«Es la hora, chica…».
Su dulce voz corta el aire como un susurro envenenado.
Una vez más, el contraste entre su tono suave y el horror de la situación me hace sentir un escalofrío que me recorre la espalda.
Mi corazón se acelera, latiendo con una furia que roza la desesperación.
¿Qué pretende hacer?
«¿Qué vas a hacer? ¡He cambiado de opinión, yo asumiré la culpa!».
La angustia se desborda en mi voz y un frío terror se apodera de mi pecho al darme cuenta de que estoy a un paso de la muerte.
Ella me mira fijamente, con una mirada gélida, pero hay un cruel destello de satisfacción en sus ojos.
«Es demasiado tarde para eso».
El falso lamento en su voz solo aumenta mi desesperación.
«La señorita tiene prisa. Te quiere muerta. Intenté ayudarte, pero tardaste demasiado».
Cada palabra me golpea como un martillazo y el pánico se apodera de mí.
Se da la vuelta, nerviosa, como si estuviera ansiosa por terminar lo que ha empezado.
Sus pasos resuenan en la habitación, rápidos y decididos, y deja la bandeja sobre la cómoda.
El ruido metálico resuena en el silencio como una última advertencia.
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