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Capítulo 776:
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Jordan había escuchado toda la conversación, pero nada de lo que había oído tenía sentido para él. «¿De qué estabais hablando las dos?».
«Nada serio», respondió Nia, aunque no pudo ocultar la sonrisa en su rostro. «En pocas palabras, dice que pronto me casaré con alguien de la familia Dunst. Papá, ¿no te ibas a marchar? Deberías irte ya».
Jordan frunció el ceño, sintiendo una breve inquietud. Aun así, Keyla nunca haría daño a su propia sobrina. «De acuerdo, me voy». Cogió a Claude de la mano y se dirigió al hospital.
Sin embargo, cuando llegaron, se enteró de que Kristine ya había dado de alta.
—¿Sabe dónde vive? —le preguntó a una enfermera.
La enfermera lo reconoció. En lugar de negarse por motivos de privacidad, se giró y consultó el historial médico de Kristine. No tardó mucho: había una dirección anotada en el formulario. Jordan sacó su teléfono y la fotografió. Sus ojos se detuvieron en el nombre escrito encima de la dirección.
—Este nombre me suena. ¿Dónde lo he oído antes? —murmuró.
Claude oyó el comentario, pero no dijo nada. Entendía perfectamente por qué el nombre le resultaba familiar a Jordan. Era porque aquella mujer había impedido en su día que sus padres estuvieran juntos.
Su mente se remontó a la noche de la subasta. Ya mientras hacía cola para entrar, se había fijado en Kristine. Sus ojos destacaban de inmediato —la máscara que le cubría el rostro no podía ocultarlos— y la reconoció en cuanto los vio. Por eso había esperado cerca del baño, quedándose allí a propósito, con la esperanza de que ella saliera.
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Había algo que quería preguntarle. Quería saber por qué no había permitido que sus padres siguieran juntos. Sin embargo, cuando ella apareció y se plantó ante él, hablándole con dulzura, algo dentro de él cambió. Una calidez que no había sentido en mucho tiempo afloró silenciosamente a la superficie. Cada palabra de reproche que había preparado desapareció antes de que pudiera pronunciarla.
Durante toda aquella velada, Kristine se había mantenido a su lado. Su mano nunca se separó de la de él: la sostenía con firmeza, casi como si temiera que pudiera desaparecer. Esa calidez le llegó directamente al corazón. En todos sus años, solo la niñera que lo había criado desde la infancia le había provocado una sensación similar. Kristine era la única otra persona que lo hacía sentir así.
Una parte de él había deseado que la subasta no terminara nunca. Pero las cosas no salieron como él esperaba. Su abuelo apareció y se lo llevó.
Nunca esperó volver a ver a Kristine. Más tarde, cuando percibió ese aroma familiar dentro del hospital, casi dudó de sus propios sentidos. Pero la siguió de todos modos… y allí estaba ella. Cuando la encontró, no pudo explicar lo que sentía. Era como descubrir algo precioso.
Y, sin embargo, la verdad seguía ahí. Kristine era la persona que había arruinado la relación entre sus padres.
¿Por qué se sentía tan atraído por alguien como ella?
Claude no podía entenderlo. Aunque era más inteligente que la mayoría de los niños de su edad, seguía siendo solo un niño.
«Ya hemos llegado. Esta es la villa».
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