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Capítulo 336:
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«¡Eso no es suficiente!», exclamó ella, alzando la voz, temblorosa por la urgencia, mientras clavaba en Nathan una mirada que se negaba a ceder. «Tengo que recuperar esa casa y hasta el último céntimo».
Nathan no respondió de inmediato. Observó su determinación y luego asintió con la cabeza, breve pero con firmeza.
Poco después, Asher miró a su alrededor. «Bueno, aquí ya no queda nada por hacer. Vámonos».
Nathan se dirigió hacia la puerta por delante de los demás. Danica se quedó indecisa un momento, con evidente preocupación por Kristine, pero una rápida mirada a Asher le indicó que quedarse solo haría las cosas incómodas. Se apresuró tras Nathan, gritando: «¡Espérame, Nathan!».
Sus pasos se aceleraron, resonando hasta que la habitación quedó en silencio tras ellos.
El agotamiento se apoderó de Kristine en cuanto se marcharon. Se dejó caer en una silla, con toda la fuerza de lucha desaparecida de su postura.
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Asher se giró y se colocó a su lado. «¿Por qué no me dejas llevarte a dar una vuelta?», dijo en voz baja.
Kristine lo miró a los ojos, indecisa, pero sus pies la llevaron hasta el coche como si actuaran por su cuenta.
Más de una hora después, se detuvieron frente a un bar. Kristine entrecerró los ojos para ver el letrero luminoso que había sobre sus cabezas. Decía: Última ronda.
«Un amigo mío invirtió en este local. Los camareros de aquí tienen una reputación que va mucho más allá de esta ciudad. Quizá una buena copa te ayude a desconectar de todo, aunque solo sea por esta noche», dijo Asher.
Kristine no pudo ocultar su asombro. Nunca habría imaginado que Asher la llevaría a un bar. Sabía que su presencia llamaría la atención en cuanto cruzara las puertas.
«Vamos», dijo él, dirigiendo su silla de ruedas hacia la entrada antes de que ella tuviera oportunidad de protestar.
Dentro, el local estaba animado con el sonido de vasos tintineando y risas. Todas las cabezas se giraron en cuanto Asher entró. La tenue iluminación hacía difícil distinguir su rostro, pero los ojos de todos se posaron en la silla de ruedas al instante.
Mientras la música retumbaba de fondo, un hombre se interpuso en el camino de Asher y le bloqueó el paso. Curvó el labio en una fea sonrisa burlona. «Esto es un bar, ¿sabes? ¿Por qué no te quedas en sitios pensados para gente como tú?«
La paciencia de Kristine se agotó. Dio un paso adelante, pero Asher le agarró la muñeca y la detuvo.
«¿De verdad existe aquí ese tipo de norma?», dijo Asher. A pesar del ruido del bar, su voz resonó con claridad.
El hombre dudó, sin esperar una respuesta desafiante. Entonces su tono se volvió cruel. «No hace falta que sea una norma. La gente como tú no debería estar aquí. Los bares son para que la gente se relaje, no para que los bichos raros hagan que todo el mundo se sienta incómodo».
La expresión de Kristine se volvió fría. Lo agarró por el cuello. «Repite eso», dijo.
Él la miró desde arriba —siguía siendo más alto—, pero su mirada feroz le hizo perder la confianza. Intentó recuperarse, levantando la barbilla. «¿Qué? ¿Acaso he dicho algo que no sea cierto? Es un bicho raro. Pregunta a cualquiera de los que están aquí».
Las risas se extendieron entre la multitud, hasta que un golpe seco y repentino hizo que la sala se quedara en silencio.
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