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Capítulo 294:
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Desde la visita de Mónica, la habían atormentado pesadillas implacables. Dormir se había convertido en una fuente de terror, con las mismas visiones repitiéndose cada noche. Al principio, veía a su padre confinado en una cama de hospital. Más tarde, los sueños cambiaron: él aparecía destrozado y sin vida, atrapado dentro de un coche siniestrado. Con el tiempo, incluso las siestas diurnas le traían destellos de su mirada angustiada y acusadora, y sus ojos ensangrentados la perseguían cada vez que cerraba los suyos.
Poco a poco, la línea entre lo que era real y lo que no comenzó a difuminarse.
Lo que permaneció en su mente fue ese momento de agonía abrumadora: cuando el impulso de seguir a su padre casi la había consumido y la voz de Colton irrumpió de repente. Había desaparecido su habitual frialdad y distancia; sonaba tensa, cargada de emoción, como si las lágrimas estuvieran a punto de derramarse.
—¿Te estás muriendo de hambre hasta el punto de perder la cabeza? —El tono cortante volvió, áspero y distante, nada que ver con la calidez que había oído antes.
Fue entonces cuando Kristine lo comprendió. Todo lo anterior no había sido más que un sueño.
Su silencio hizo que Colton frunciera el ceño. Levantó la mano y la agitó lentamente delante de sus ojos. Kristine los volvió a cerrar.
La tensión de su mandíbula se relajó ligeramente. «¿Qué te apetece comer?».
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Sus largas pestañas temblaron, pero no hubo respuesta. No lo estaba ignorando por despecho; simplemente carecía de fuerzas para hablar después de tanto tiempo sin comer.
Sin previo aviso, su cuerpo fue levantado de la cama. El miedo dilató los ojos de Kristine mientras su cuerpo debilitado se desplomaba contra el pecho de Colton. Ese familiar aroma a menta flotó hacia ella —constante, inconfundible—. Hubo un tiempo en que le había encantado ese olor; tras las pesadillas, alguna vez la había calmado hasta volver a dormirla. Ahora, en lugar de consuelo, solo le provocaba irritación. Aun así, no le quedaba nada con qué resistirse. Un golpe tras otro la había agotado por completo, dejándola vacía y exhausta.
Mientras su mente divagaba, sintió un suave calor rozarle los labios. Bajó la mirada y vio una cuchara llena de sopa.
—Come —le ordenó Colton, con expresión gélida aunque sus manos se mantuvieran cuidadosas—. Abre la boca.
Kristine apretó los labios en silencio.
Su ceño se frunció aún más. —¿Piensas morirte de hambre?
Ella seguía sin responder. Colton apretó la cuchara con más fuerza y, de repente, esbozó una sonrisa torcida. —Ah, ya veo. ¿Quieres que te alimente directamente? No hay problema.
Los ojos de Kristine se abrieron de par en par, alarmados. No estaba segura de lo que pretendía, pero todos sus instintos se prepararon para lo peor.
Sin previo aviso, le agarró la mandíbula. Antes de que pudiera resistirse, su boca cubrió la de ella —con fuerza y sin ceder, robándole el aliento de los pulmones—. Ella luchó por recuperarlo, empujando débilmente con las manos contra su pecho, pero él no se movió en absoluto.
«Déjame ir», susurró, apenas logrando articular las palabras.
Salieron más suaves de lo que pretendía —apenas un susurro—. Lejos de calmarlo, solo pareció tener el efecto contrario. La mirada en sus ojos ardía con un deseo que apenas podía contener. Sin embargo, cuando vio el dolor en la mirada de ella, finalmente se apartó y la soltó.
Un destello frío brilló en sus ojos. «¿Ya estás satisfecha?»
Kristine le devolvió la mirada, con los labios entreabiertos y brillantes, como si la distancia entre ellos siguiera siendo demasiado pequeña. Pero sus ojos ardían de ira.
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