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Capítulo 138:
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Tres años antes, un accidente de coche lo había derribado de todo lo que había construido. Le había llevado dos años recuperarse a duras penas, pero el mundo a su alrededor había cambiado más rápido de lo que jamás hubiera imaginado. Para cuando regresó, sus hermanos se habían repartido su imperio, dejándole sin ningún punto de apoyo en Peudon. Su asociación con Colton se había convertido en su última esperanza para reconstruir su legado. A menos que no tuviera otra opción, no podía permitirse enemistarse con Colton.
Pero por mucho que la lógica le dijera que se alejara, no podía borrar la imagen de Kristine: su rostro iluminado por la emoción mientras hablaba con su abuelo sobre la restauración de ese viejo jarrón. Nunca la había visto tan llena de vida.
Ese pensamiento trajo una nueva determinación al rostro de Asher, y su agarre se aflojó a medida que la claridad se asentaba en sus ojos. «Hay una salida lateral más adelante. Saca a Kristine por ahí. Yo me encargaré de Devin».
«¡Sr. Edwards!», protestó Tripp, alarmado.
El tono de Asher no dejaba lugar a discusión. «Vete. Ahora».
Los años a las órdenes de Asher habían enseñado a Tripp a no dudar ante una orden directa. Respiró hondo, se giró y agarró a Kristine del brazo. «Sra. Green, nos vamos».
La repentina situación la pilló desprevenida, pero se dejó guiar hacia la salida lateral. Rápidamente se dio cuenta de que no se dirigían al coche. «¿Adónde me llevas?», preguntó, sin aliento.
«Primero tenemos que salir del hotel», respondió Tripp, con la urgencia agudizando su voz.
Sin más remedio que seguirle el ritmo, Kristine impulsó sus piernas para moverse más rápido.
Al mirar atrás, vio a Asher manteniendo su posición en la puerta, firme e inmóvil. La ansiedad se reflejó en su rostro. «¿Estará bien Asher?».
Tripp apretó la mandíbula. «Debería estarlo. Como es un Edwards, el señor Harrison no se arriesgará a enfrentarse abiertamente a la familia Edwards».
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Esa seguridad le dio a Kristine el empujón que necesitaba para correr con más fuerza. El viento le azotaba el rostro y, por primera vez en mucho tiempo, saboreó la posibilidad de la libertad.
Mientras tanto, Asher se sentaba erguido, con su silla de ruedas bloqueando el paso. Los hombres de Devin, que lo reconocieron de inmediato, se detuvieron en seco; ninguno de ellos estaba dispuesto a enfrentarse cara a cara a un miembro de la familia Edwards.
Devin frunció el ceño al percibir la determinación de Asher. «El lugar está rodeado. Nadie va a salir. Ganar tiempo no servirá de nada. Dile a tus hombres que entreguen a Kristine y haré como si nada de esto hubiera pasado».
Asher apretó con más fuerza el reposabrazos, pero mantuvo la compostura. «Devin, tú y yo sabemos que lo correcto es dejar marchar a Kristine».
La frustración de Devin no hizo más que crecer. «No me obligues a actuar, Asher».
«Si eso es lo que quieres, tendrás que pasar por encima de mí antes de cruzar esta puerta».
Un suspiro de cansancio se escapó de Devin. «Si hubiera sabido que hoy se convertiría en un desastre así, me habría emborrachado hasta caer bajo la mesa anoche. Aun así, vaya tras ella o no, Kristine no llegará muy lejos. Pero Asher… ¿realmente vale la pena?
—Sí, lo vale —respondió Asher en voz baja, sin vacilar ni un instante.
La sorpresa de Devin era evidente. Se quedó mirándolo, momentáneamente sin palabras. —Espera… ¿No te habrás enamorado de Kristine, verdad?
La expresión de Asher se mantuvo fría y serena. «Le prometí a Kristine que estaría ahí si alguna vez me necesitaba. Y pienso cumplir esa promesa».
Por un momento, Devin no supo qué decir.
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