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Capítulo 734:
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Sabrina cerró los ojos con fuerza mientras una ola de náuseas la invadía.
Las manos del hombre, calientes y húmedas, recorrieron su cuerpo, deslizándose bajo la fina seda de sus medias y explorando sus muslos.
Sabrina se armó de valor mientras las lágrimas corrían por su rostro, emitiendo un gemido patético. Un gesto forzado de asentimiento fue la única respuesta que pudo dar.
Sabrina comprendió que lo único que importaba era salvarse a sí misma.
No había otras opciones. Sobrevivir a cualquier precio.
La humillación no significaba nada comparada con su propia vida.
“Entonces, ¿estás de acuerdo?” preguntó el hombre con un dejo de sospecha en su voz.
Otro débil asentimiento vino de Sabrina.
El hombre entrecerró los ojos.
“¿Estás ganando tiempo?” Sabrina sacudió la cabeza frenéticamente.
«Sea inteligente, señora Blakely», le advirtió.
«No tiene sentido ganar tiempo. Nadie vendrá a salvarla».
Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios mientras se inclinaba, su aliento caliente le hacía cosquillas en la piel.
«Déjame probarte primero…»
Sabrina cerró los ojos con fuerza, y las lágrimas se mezclaron con el terror que corría por sus venas.
El hombre besó lentamente a Sabrina, dejando un rastro de chupetones en su delicada piel.
Su lengua recorrió su carne, dejando un rastro de frescura a medida que la humedad se evaporaba.
Con un chasquido, el hombre desgarró las medias de Sabrina. Su aliento se sentía cálido contra su piel. La miró y sonrió.
«Bueno, señora Blakely, ¿ya tiene ganas de esto?»
Sin esperar su respuesta, volvió a bajar la cabeza.
Sabrina cerró los ojos, y su mente comenzó a dar vueltas.
El hombre parecía experto en eso.
Percibiendo que ella se había excitado, su mano continuó moviéndose mientras preguntaba con voz ronca:
«¿Está nerviosa, señora Blakely?» Sabrina no respondió; la mordaza en su boca le impedía dar una respuesta clara. El hombre no esperaba que ella respondiera.
Con su aliento caliente en su oído, comentó con voz ronca:
«Estás apretada, mojada y caliente por dentro…» Sabrina cerró los ojos y fingió no escuchar lo que decía.
¿Cómo podría el hombre permitir que Sabrina permaneciera aparentemente imperturbable? Puso todas sus fuerzas en ello. Sintió como si una brillante espada blanca hubiera atravesado los pensamientos de Sabrina. Gimió de placer. Unos momentos después, por fin recobró el sentido.
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