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Capítulo 99:
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«¿Devastada?», se burló Noah, con voz cargada de desdén. «No estará devastada. Mejor aún, ¡espero que la destroce por completo!».
La furia en el tono de Noah era inconfundible para Samuel, que intuyó que algo grave lo había alterado.
Samuel se sintió obligado a instar a Noah a que reconsiderara su decisión. —Señor Wall, por favor… intente calmarse —sugirió con cautela.
—Estoy tranquilo —insistió Noah, respirando lenta y profundamente para controlar su ira creciente—. ¡Haga lo que le digo y traiga a Kyla a Myrtlewood Estate ahora mismo, o considérese despedido!
Cortó bruscamente la llamada y alcanzó su vaso para apurar el último trago.
Al oír el tono de desconexión, Samuel exhaló un suspiro de cansancio.
La situación se estaba agravando. Noah estaba decidido a causar problemas. Samuel tenía un mal presentimiento sobre las consecuencias inminentes, pero se sentía impotente ante la amenaza directa de Noah.
Noah se sirvió otra copa, buscando consuelo en el alcohol, pero el caos interior solo se intensificó.
Las imágenes de la mirada desafiante de Sadie y sus palabras hirientes lo atormentaban, cada recuerdo apuñalaba su conciencia como una espada implacable.
Frustrado, tiró de la corbata, sintiendo que cada respiración se hacía más pesada.
No entendía su propia ira. Él había iniciado la separación y le había sido infiel, así que ¿por qué la declaración de amor perdido de Sadie le provocaba tanta amargura?
Un pensamiento fugaz cruzó su mente: ¿podría sentir algo por ella?
Descartó la idea casi al instante.
Sacudió la cabeza con firmeza, decidido a expulsar esos pensamientos de su mente.
Cuando Samuel llegó a Myrtlewood Estate con Kyla, encontró a Noah ya borracho, tirado en el sofá del estudio, con los ojos entrecerrados en su rostro enrojecido.
—¿Señor Wall? —llamó Samuel, con voz cautelosa.
Se acercó para ayudar a Noah a llegar a su habitación, pero una mano delgada le agarró del brazo. —Yo me encargo de él —murmuró Kyla.
Samuel esbozó una sonrisa forzada—. El señor Wall no es precisamente ligero, Wade. Déjame a mí.
Era una excusa poco convincente. La verdad era que Samuel no quería estar cerca de Noah, especialmente mientras estuviera borracho.
No era porque prefiriera a Sadie antes que a Kyla; su lealtad era hacia Noah, no hacia Sadie ni hacia nadie más.
Mientras Samuel sostenía a Noah, sentía como si estuviera cargando un saco de ladrillos. La abrumadora mezcla de alcohol y la colonia fuerte y amaderada habitual de Noah le hacía dar vueltas la cabeza.
Noah gimió y frunció el ceño, como si, incluso inconsciente, no pudiera escapar de sus problemas.
Kyla los seguía en silencio, con los ojos brillantes por una extraña mezcla de satisfacción e inquietud que no conseguía sacarse de encima.
—Samuel, ¿seguro que puedes con eso? —La voz de Kyla rezumaba una sutil burla, lo justo para poner a Samuel de los nervios.
El sudor le resbalaba por la sien. —No se preocupe, señorita Wade. Yo me encargo. En realidad, Samuel maldecía en silencio su mala suerte. Aquello no era ayudar a su jefe, era como arrastrar un peso muerto cuesta arriba, con la mirada aguda de Kyla clavándose en su orgullo.
—Bien —murmuró Kyla, atravesándolo con una mirada gélida.
Un escalofrío recorrió la espalda de Samuel. Lo único que quería era dejar a Noah en la cama y escapar de aquel lugar.
Sabía que Noah se preocupaba por Sadie, aunque él aún no se hubiera dado cuenta.
Como su leal asistente, el trabajo de Samuel era mantener a Noah a salvo de los oportunistas, especialmente en aquel estado de embriaguez.
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