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Capítulo 575:
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—En realidad, nosotros… —Sadie intentó explicarse de nuevo, pero al final desistió. Rápidamente se dio la vuelta y escapó de vuelta al probador. Después de cambiarse de ropa, agarró a Averi de la mano y prácticamente lo arrastró hasta la puerta.
«Vamos, Averi».
Noah no la detuvo, pero su expresión se volvió un poco melancólica. Se volvió hacia la dependienta y señaló con la cabeza el vestido que se había probado Sadie.
«Por favor, haga ese vestido a medida para ella».
«¡Por supuesto, señor!». La dependienta estaba encantada. «¿Cómo desea pagar?».
Noah le entregó una tarjeta negra.
«Por favor, espere un momento». La dependienta cogió la tarjeta.
Noah no dijo nada más mientras ella terminaba la transacción. Luego salió de la tienda para alcanzar a Sadie y Averi. Después de cenar tarde, regresaron a casa en silencio absoluto.
Ni Sadie ni Noah dijeron una palabra, y el ambiente dentro del coche pronto se volvió tenso.
Averi no dejaba de mirar a su madre y a Noah. A pesar de su corta edad, podía sentir que algo no iba bien.
—Mamá, ¿por qué no dices nada? —no pudo evitar preguntar Averi.
Sadie no sabía qué decir.
Entonces Averi dirigió su atención a Noah.
—Señor Wall, ¿ha hecho algo para enfadar a mamá?
—No, nada —respondió Noah con calma.
—Entonces, ¿por qué no hablan? —insistió Averi. Se encontró con otro silencio, ya que los adultos optaron por evitar el tema.
Al día siguiente.
Los primeros rayos de sol se filtraban a través de las cortinas transparentes, proyectando un suave resplandor sobre el delicado rostro de Sadie.
Abrió lentamente los ojos y se estiró. Había una chispa de determinación en su mirada.
Hoy era el concurso de diseño, el día en que se enfrentaría a Vivi.
Respiró hondo y se levantó de la cama. Se lavó y se dirigió al tocador para prepararse.
Se miró en el espejo: su piel era impecable, como porcelana pulida, y sus ojos brillaban con claridad. Se recogió su lustroso cabello negro en un elegante moño para resaltar su esbelto cuello. Sadie eligió un traje pantalón blanco, sencillo pero elegante, y lo combinó con unos zapatos de tacón color nude. Era la viva imagen de la elegancia y la fuerza.
Se colocó con aire seguro frente al espejo y sonrió.
«¡Tú puedes, Sadie!», se susurró a sí misma con voz decidida.
En ese momento, alguien llamó suavemente a la puerta del dormitorio.
«Adelante», dijo Sadie sin pensar.
Noah entró en la habitación, ya vestido con un traje negro a medida que realzaba su alta estatura.
Miró a Sadie en el espejo, con los ojos brillando con una admiración apenas disimulada.
«¿Te vas a trabajar?», preguntó Noah con voz baja y tierna. Se acercó a ella y le puso las manos sobre los hombros con delicadeza.
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