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Capítulo 390:
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Se quedó mirando la pantalla en blanco durante un segundo antes de volver a marcar con obstinación. Pero el resultado fue el mismo. Aflojó el agarre y el teléfono se le resbaló de la mano, cayendo sobre su regazo con un suave golpe.
¿Podría ser… otro callejón sin salida?
No. Se negaba a creer que eso fuera todo.
Había pasado años buscando, esperando. No iba a rendirse ahora. Su madre estaba ahí fuera. Y ella iba a encontrarla. Costara lo que costara.
Sadie abrió la puerta de su estudio y los familiares aromas del cuero y la tela la envolvieron.
Sus pasos eran pesados, como si estuviera caminando por el barro, con el cuerpo ligero y a la vez agobiado por un peso invisible.
Dentro, Nanette estaba absorta en su ordenador portátil, gestionando pedidos. Levantó la vista al oír la puerta y esbozó una brillante sonrisa.
—¡Has vuelto, Sadie!
Pero su sonrisa se desvaneció al ver la palidez espantosa de Sadie. Incluso sus labios habían perdido todo el color.
Sadie asintió con rigidez y se dirigió en silencio a su despacho, donde se dejó caer en la silla, abrumada por el cansancio.
Nanette dejó a un lado su trabajo y se acercó con el ceño fruncido, preocupada.
—¿Qué pasa, Sadie? No tienes buen aspecto.
Sadie fijó la mirada en los bocetos de diseño esparcidos por su escritorio. Su voz era un susurro ronco.
—Estoy bien.
—¿Bien? —El escepticismo de Nanette era evidente—. Estás pálida. No puedes estar bien. ¿Te estás exigiendo demasiado? Quizá necesites un descanso».
Sadie negó con la cabeza, demasiado abrumada para expresar sus sentimientos.
Las llamadas sin respuesta se cernían sobre ella, oprimiéndole la respiración. Su madre siempre había sido un dolor profundo e irresoluble en su vida, un anhelo que persistía a pesar de los años. Por fin había estado a punto de dar un gran paso adelante en su búsqueda, pero una vez más se le había escapado de las manos.
El peso de sus esperanzas frustradas era casi asfixiante.
Al observar la mirada desolada de Sadie, la voz de Nanette tembló por la emoción.
—Sadie, por favor, dime qué pasa. Estoy muy preocupada por ti.
Reuniendo un poco de compostura, Sadie dijo: —Hoy he conocido a alguien que tenía noticias sobre… sobre mi madre.
—¿Tu madre? —Nanette se quedó desconcertada.
Sadie asintió con la cabeza y sus ojos se llenaron rápidamente de lágrimas.
—Encontré una pista, un número de teléfono. Pensé… pensé que esta vez… —Su voz se apagó. No pudo continuar.
Nanette le dio una palmadita suave en el hombro, ofreciéndole consuelo en silencio.
Sadie cogió el teléfono y, con la mano temblorosa, señaló el número que aparecía en la pantalla. —Llamé, pero… pero no contestó… —Su voz se redujo a un susurro y luego a un sollozo.
Al ver su angustia, Nanette sintió una profunda compasión. «No te desanimes, Sadie. Quizás no estaban disponibles», intentó consolarla.
«No, no puede ser tan sencillo», murmuró Sadie, con lágrimas corriendo por su rostro. «Todos estos años, todas las pistas que seguí… Pensé que por fin era la correcta, pero… pero siempre acababa en decepción».
Se cubrió el rostro con las manos, los hombros temblando con cada sollozo.
El estudio quedó en silencio, solo se oían los gritos ahogados de Sadie resonando en el aire.
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