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Capítulo 389:
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En el interior, el aroma del café se intensificó, mezclándose con los tenues aromas de la madera pulida y los libros antiguos. Un hombre de mediana edad estaba sentado ante una elegante mesa de café, con movimientos precisos mientras vertía cuidadosamente el café de una cafetera de plata.
Llevaba un sencillo traje gris, el pelo peinado hacia atrás con pulcritud y una expresión de tranquila cordialidad. Al verla, dejó la cafetera y se levantó con elegante naturalidad.
—Encantado de conocerla en persona, señorita Hudson. Soy Matthew Duncan.
Sadie inclinó ligeramente la cabeza en señal de saludo, con voz serena y educada. —Encantada de conocerle, señor Duncan.
Matthew le indicó la silla frente a él. —Por favor, tome asiento. Sin dudarlo, Sadie se sentó en la silla.
Matthew no perdió tiempo. —Señorita Hudson, ¿quiere saber el origen de este collar de cuentas?
Sadie asintió y le entregó el collar. —Sí. Esta pieza… es más que una simple joya para mí.
Matthew la giró entre sus manos, estudiando los delicados grabados con silenciosa reverencia. Tras una pausa, habló lentamente. —La adquirí hace tres años… de una mujer.
—Esa mujer… ¿todavía tiene alguna forma de contactar con ella? ¿Un número de teléfono? ¿Una dirección? —Sadie se inclinó hacia delante instintivamente, apretando con fuerza el bolso de cuero que tenía en el regazo.
Matthew suspiró. —Esa mujer era muy cautelosa, reservada, reflexiva. —Metió la mano en un cajón y rebuscó entre su contenido hasta sacar un único trozo de papel amarillento—. Esto es todo lo que tengo. —Deslizó el frágil papel por la mesa—. Tres años es mucho tiempo. No puedo asegurar que el número siga activo.
Sadie apretó el papel con fuerza, como si temiera que desapareciera. Aquellos números, tan solos, eran la clave para encontrar a su madre.
Con la voz quebrada por la emoción, susurró: —Gracias, señor Duncan.
Matthew le dedicó una sonrisa amable. —Espero que ese número le lleve hasta las respuestas que busca.
Sadie se puso en pie, inclinó ligeramente la cabeza en señal de agradecimiento y se dirigió hacia la puerta.
Afuera, el aire parecía diferente ahora, más denso, lleno de posibilidades. Caminó hacia su coche, se deslizó en el asiento del conductor y cerró la puerta detrás de ella con un suave clic. Durante un largo momento, se limitó a mirar los números que tenía en la mano. Un fino velo de sudor le humedeció la palma. Respiró hondo y temblorosamente mientras pulsaba el botón de arranque y el motor cobraba vida con un zumbido.
Sus manos se aferraron al volante, pero su mente estaba en otra parte, perdida en un torbellino de recuerdos. La voz de su madre. La risa de su madre.
El trayecto se le hizo interminable. Finalmente, se detuvo y el coche se detuvo lentamente a un lado de la carretera. Durante un momento, se quedó allí sentada, agarrando el trozo de papel como si contuviera las respuestas a su pasado.
Una sola llamada. Eso era todo lo que necesitaba para saber si se trataba de una pista real o de otro callejón sin salida.
Los dedos de Sadie temblaban mientras pulsaba el botón de marcar y se llevaba el teléfono al oído.
Bip… Bip… Bip…
Cada tono se alargaba hasta la eternidad, y se le cortaba la respiración. La expectación era sofocante.
«Hola, ha llamado al buzón de voz del destinatario. Por favor, deje un mensaje o vuelva a llamar más tarde…».
La voz plana y automatizada golpeó a Sadie como un puñetazo en el estómago. Su corazón se hundió y la pizca de esperanza a la que se aferraba se apagó como una vela al viento.
No hubo respuesta.
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