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Capítulo 315:
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Un escalofrío le recorrió la espalda y apretó con fuerza el teléfono. Miró a Noah con pánico, con los ojos brillantes de miedo.
—Tengo algo urgente que hacer. Tengo que colgar —balbuceó apresuradamente, con la voz temblorosa, sin atreverse a sostener la intensa mirada de Noah.
Con un rápido toque, la llamada terminó, dejando a Sadie mirando su propio reflejo pálido en la pantalla oscura.
Noah dio un paso deliberado hacia adelante, su sombra invadiendo el espacio mientras Sadie retrocedía instintivamente, hasta que el frío de la pared se filtró a través de su ropa, atrapándola.
Su imponente figura se cernía opresivamente cerca, abrumándola con su enorme corpulencia.
—Tú… —La voz de Sadie se quebró y sus labios temblaron mientras reunía el valor para hablar.
Sin embargo, antes de que pudiera articular palabra, Noah la interrumpió con un movimiento rápido y le arrebató el teléfono de la mano temblorosa.
Echó un vistazo rápido a la pantalla y entrecerró los ojos al ver el nombre de Alex. En ese instante, su expresión se volvió fría y su mirada penetrante pareció atravesar a Sadie.
Con un movimiento rápido de muñeca, lanzó el teléfono por encima de la barandilla del segundo piso. Cayó en picado y se estrelló contra el suelo de mármol con un sonoro «¡Pak!». El dispositivo se hizo añicos y sus piezas se esparcieron como fragmentos de hielo.
Atónita por la repentina acción, Sadie solo pudo mirar con horror los restos de su teléfono, con la mente aún aturdida por la conmoción.
A medida que la incredulidad inicial se desvaneció, una feroz ola de ira surgió dentro de ella, encendiendo una ardiente protesta.
—¿Qué demonios acabas de hacer? ¿Te has vuelto completamente loco, Noah Wall? —La mirada de Sadie se elevó, su voz temblorosa pero cargada de furia.
Noah la miró, con expresión imperturbable.
—Es mío. Puedo hacer lo que quiera con él.
—¡Tienes que estar bromeando! ¡Ese es mi teléfono! —espetó Sadie, alzando la voz con frustración. No podía creer lo autoritario que era.
—Ya no es tuyo. Es mío —afirmó Noah con firmeza, sin dejar lugar a discusión—. Igual que tú, Sadie. Ahora me perteneces.
Extendió la mano, apretándole la barbilla con los dedos y obligándola a mirarle a los ojos.
—No olvides quién eres, señora Wall.
A pesar del dolor agudo que le causaba su agarre, Sadie no vaciló en su decisión, con los ojos llenos de desafío.
—¿Señora Wall? ¿Eso es lo que significa ser tu esposa? ¿Ser pisoteada y humillada a tu antojo? —replicó, con la voz temblorosa por la mezcla de miedo y rabia.
La respuesta de Noah fue un susurro bajo y áspero. —No pongas a prueba mi paciencia, Sadie. Sus palabras contenían una advertencia inequívoca, aunque bajo la superficie, una tormenta de emociones amenazaba con desatarse.
Con una última mirada penetrante, se dio la vuelta y se alejó, dejando a Sadie en el silencio resonante que siguió.
Apoyada contra la fría e inflexible pared, Sadie sintió que sus últimas fuerzas la abandonaban. Se deslizó hasta el suelo y se acurrucó, abrazándose las rodillas con fuerza contra el pecho.
Sadie apoyó la barbilla en las rodillas y miró con la mirada perdida los pedazos de su teléfono esparcidos por el suelo, como fragmentos de su determinación destrozada.
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