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Capítulo 307:
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Cuando se casó, había entrado en esta misma habitación rebosante de optimismo. Ahora, lo único que quedaba era vacío y esperanzas destrozadas. Después de ducharse mecánicamente, se tumbó en la cama, pero no conseguía conciliar el sueño.
La mirada distante y sin emoción de Noah permanecía en su mente, negándose a desaparecer. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba allí tumbada cuando el colchón se movió a su lado.
Una presencia familiar la envolvió.
Noah había vuelto.
Sin decir una palabra, la atrajo hacia sí, y su cálido aliento rozó su cuello, provocándole un temblor involuntario en todo el cuerpo.
Sadie se tensó instintivamente, apretando las manos con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en las palmas.
Sin embargo, no se resistió ni se apartó. Se quedó quieta, como si le hubieran quitado la voluntad, permitiéndole abrazarla.
—Averi aún es pequeño. Me necesita. —En algún momento, su voz, poco más que un susurro, rompió el silencio.
Noah abrió los ojos, con una expresión indescifrable. Un atisbo de algo no dicho se dibujó en su rostro.
—Mañana haré que traigan aquí a ese bastardo.
Sadie levantó la cabeza bruscamente, con la furia encendida en sus pálidos rasgos. —Mi hijo no es un bastardo.
Cada palabra fue lenta, deliberada, rebosante de desafío.
—¿Ah, no? ¿No es un bastardo? —Los labios de Noah se curvaron en una sonrisa burlona, fría y provocadora, como si acabara de escuchar el remate de una broma cruel—. Es el hijo que tuviste con Alex. ¿Cómo debería llamarlo si no? —Su voz se agudizó, apenas ocultando su rabia.
En un instante, se colocó encima de Sadie, inmovilizándola. —¿Tanto te importa el hijo que tuviste con él? —Su mirada la quemaba, aguda e implacable—. Si es un hijo lo que quieres, yo mismo puedo darte uno.
Qué ridículo.
Un escalofrío se apoderó de Sadie, adormeciéndola por dentro.
Hace tres años, él le había dicho que si alguna vez se quedaba embarazada, la obligaría a abortar.
Ahora, después de todo este tiempo, le decía que le daría uno.
La amarga ironía le robó el aliento.
Cerró los ojos, negándose a reconocerlo.
Sin pelea. Sin lágrimas. Solo un vacío abrumador.
Noah observó a la mujer que yacía debajo de él, su falta de reacción despertando una frustración inexplicable en su pecho.
Sin decir nada más, se apartó de ella y salió furioso.
«¡Bang!». La puerta se cerró de golpe detrás de él, y el sonido seco resonó en la habitación silenciosa.
Sadie se envolvió más en la manta y se acurrucó en posición fetal.
No pegó ojo en toda la noche.
Al amanecer, la luz dorada se colaba por las cortinas transparentes.
Sadie yacía inmóvil, con el rostro pálido y los ojos vacíos, sin parpadear.
Los recuerdos de la noche anterior se repetían en un bucle sin fin, oprimiéndole el pecho.
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