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Capítulo 231:
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Mientras luchaba por mantener la compostura, su voz se redujo a un susurro escalofriante. —Kyla, ten cuidado. Sadie no es una pieza de ajedrez en tus jueguecitos.
Kyla entrecerró los ojos y su voz se volvió afilada como una navaja. —¿Es eso una amenaza, señor Howe?
La mirada de Alex se endureció, su tono resuelto y amenazador. «Considéralo una advertencia. Me da igual lo que estés intentando hacer. Si vuelves a meterte con Sadie, yo personalmente haré de tu vida un infierno».
Con un gruñido tenso, se puso de pie, su imponente figura proyectando una sombra larga y siniestra sobre Kyla, su aura cargada de una energía palpable y amenazante.
Alex se dio la vuelta y salió del café con determinación. Kyla lo vio marcharse, frunciendo el ceño con frustración.
Ese Alex… ¡Podía ser tan torpe!
En el hospital, Sadie esperó a que Averi terminara el gotero. Después de dar instrucciones al cuidador para que vigilara a Averi, salió del hospital.
Hacía tiempo que no visitaba a Laura.
Cuando llegó al apartamento de Laura, ya había caído la noche.
El aire estaba impregnado del aroma apetecible de la comida casera, y una melodía suave y alegre se oía desde la cocina, donde Laura estaba cocinando. Sus movimientos eran fluidos y expertos.
Desde la operación y el periodo de recuperación posterior, la salud de Laura había mejorado considerablemente.
Cuando Sadie entró, la atmósfera cálida y acogedora la envolvió, despertando en ella una mezcla de emociones.
—Has vuelto, Sadie. ¿Por qué estás sola? ¿Dónde están Averi y Alex? —preguntó Laura desde la cocina, con un delantal de flores y una espátula en la mano.
—Alex ha salido con Averi —respondió Sadie, esbozando una sonrisa forzada y esforzándose por parecer despreocupada.
Laura colocó un plato recién preparado sobre la mesa del comedor y miró a Sadie con una mirada perspicaz. —Sadie, ¿me estás ocultando algo?
El corazón de Sadie se aceleró y apartó la mirada para ocultar su confusión interior. —Por supuesto que no, abuela. ¿Qué podría ocultarte?
—Nunca se te ha dado bien guardar secretos —suspiró Laura, acercándose a Sadie y acariciándole la mano con delicadeza—. Me estoy haciendo mayor, Sadie. Lo único que quiero es verte feliz. Alex es un buen hombre. Estás en la edad perfecta para sentar cabeza. Casarte con Alex me daría mucha tranquilidad». Las palabras de Laura tocaron la fibra sensible de Sadie.
Sadie luchó por contener las lágrimas y esbozó una débil sonrisa. —Abuela, ¿de qué estás hablando? Alex y yo… No tenemos ninguna prisa.
—Qué tonta eres —dijo Laura con cariño, revolviendo el pelo de Sadie—.
—Alex te trata bien. Lo veo. Es de fiar y se preocupa mucho por Averi y por ti. Es difícil encontrar a alguien que te quiera tanto. No dejes pasar esta oportunidad.
Sadie sintió un nudo en la garganta, como si tuviera un bulto, y le costaba hablar.
No se atrevía a contarle a Laura la enfermedad de Averi, por miedo a que la noticia fuera demasiado dura para ella.
Con los puños apretados, Sadie se clavó las uñas en las palmas, sin sentir apenas el dolor. Respiró hondo, tratando de mantener la compostura.
—Lo entiendo, abuela. Lo pensaré detenidamente.
Laura sonrió, satisfecha, y acompañó a Sadie a la mesa del comedor.
«Ven, comamos. He preparado tu plato favorito: chuletas de cerdo adobadas». Sadie miró los platos dispuestos sobre la mesa, pero no sentía hambre.
Comenzó a comer mecánicamente, sin encontrarle sabor a la comida.
«Abuela…», dijo Sadie finalmente, dejando los cubiertos y llamándola en voz baja, con la voz temblorosa.
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