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Capítulo 1409:
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La mente de Sadie se sumió en el pánico.
El terror la ahogaba, le cortaba la respiración. Sus manos temblaban incontrolablemente mientras cogía su teléfono y marcaba el número de emergencias.
En el hospital, el olor a desinfectante impregnaba el pasillo.
Sadie se sentó encorvada en un banco de metal, con las manos apretadas con fuerza por el miedo.
Cada momento que pasaba se convertía en una agonía.
Los segundos se alargaban, los minutos dolían.
Por fin, las puertas del quirófano se abrieron.
Un médico de cabello plateado salió, bajándose la mascarilla, solemne.
Sadie se incorporó de un salto y se apresuró a acercarse, tropezando. «Doctor, por favor, ¿cómo está? ¿Está bien?».
El médico estudió su rostro afligido y suspiró por la nariz.
«El traumatismo cerebral previo del Sr. Wall es muy complejo. La acupuntura había mantenido la estabilidad, pero nunca resolvió el daño central. Su estado era como una presa frágil, que apenas se mantenía en pie».
Cada frase le atravesaba el pecho como una espada.
Sadie comenzó a temblar incontrolablemente.
«A este ritmo, el deterioro neural se está acelerando. Me temo que… está más allá del alcance de los tratamientos modernos».
La última frase sonó como un susurro, pero la atravesó con una fuerza despiadada.
Su mundo se derrumbó.
¡No podía ser!
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Acababa de volver con ella.
Acababan de empezar de nuevo.
Agarrándose a la bata del médico con fuerza desesperada, le suplicó entre sollozos: «Por favor, doctor… ¡tiene que haber algo! Cueste lo que cueste, haga lo que haga falta, lo haré, ¡pero no deje que muera!».
Sus palabras se desvanecieron en el aire estéril.
El médico exhaló con remordimiento y le apartó suavemente las manos. «Lo siento, señora Wall. Hemos agotado todas las opciones».
Las palabras del médico quedaron suspendidas en el aire antes de que se diera la vuelta y se alejara.
Sadie se encontró sola en el pasillo estéril.
Lentamente, se deslizó por la fría pared y enterró la cara entre las rodillas.
Sus sollozos reprimidos y desesperados resonaron en el pasillo vacío como susurros de desesperación.
¿Por qué?
¿Por qué el destino tenía que ser tan cruel con ellos?
A través de esa oscuridad sofocante, un solo nombre cobró vida en su mente. Ese nombre se convirtió en su salvavidas, un rayo de esperanza que atravesaba su desesperación.
Hurst.
De repente, levantó la cabeza, con la determinación reflejada en su rostro bañado por las lágrimas.
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