El arrepentimiento de mi exesposo - Capítulo 1376
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Capítulo 1376:
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Alex siempre había llegado cuando ella más necesitaba que la rescataran. Parecía tan sincero, tan atento.
Nada de lo que Blaine describía encajaba con el Alex que ella creía conocer.
Cada detalle pintaba a Alex como un hombre frío y calculador, que veía a los demás como desechables.
Era como conocer la historia de un extraño, no la del hombre en el que confiaba.
La duda y la confusión luchaban en su mente.
¿O era posible que nunca hubiera entendido realmente la verdadera naturaleza de Alex?
¿Qué tipo de realidad oscura y horrible se escondía bajo la fachada amable y afectuosa que él mostraba con tanta naturalidad?
Sadie no podía dejar de pensar en ello, ni era capaz de aceptarlo.
La realidad le parecía demasiado devastadora, demasiado despiadada como para afrontarla. Se encontró deseando que Blaine simplemente se hubiera equivocado.
«No me lo creo…», la voz de Sadie apenas era un susurro, tan frágil que incluso el más mínimo aliento podría romperla por completo.
Tambaleó hacia atrás involuntariamente, su cuerpo se balanceó como una hoja atrapada por el viento y cayó en un abrazo sólido y reconfortante.
Noah la atrapó justo a tiempo, rodeándola con sus brazos con firmeza mientras la atraía hacia su pecho, sujetando su cuerpo tembloroso. Permaneció en silencio, pero su calor irradiaba una fuerza que hablaba más alto que cualquier palabra.
Sentía los delicados temblores que recorrían su cuerpo, la gélida desesperación que se filtraba a través de la fina tela y le atravesaba el corazón.
La verdad era un arma de doble filo: cortaba las mentiras con precisión, pero también causaba profundas heridas a quienes habían vivido cegados por el engaño.
Noah se había preparado para su reacción, pero al ver su estado destrozado, sintió como si unos dedos invisibles le hubieran agarrado el corazón y lo apretaran hasta que apenas podía respirar por el dolor.
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Alex merecía algo mucho peor que una muerte rápida: merecía enfrentarse a consecuencias despiadadas por cada traición que había orquestado.
—Sadie —Noah inclinó la cabeza hasta que sus labios estuvieron junto a la oreja de ella, y su voz sonó profunda y suave, impregnada de una seguridad inquebrantable—. Mírame.
Sadie levantó la cabeza con rigidez mecánica, con los ojos muy abiertos, vacíos y desconcertados, como los de un niño que se ha adentrado demasiado en un laberinto sin fin.
Otra oleada de angustia atravesó el pecho de Noah. Levantó la mano con tierna precisión y le secó con la yema del dedo la lágrima fría que se aferraba al rabillo de su ojo.
—No tengas miedo. Estoy aquí contigo y no dejaré que nada te haga daño.
Esas sencillas palabras inundaron a Sadie como una suave corriente de calor, derritiendo poco a poco el hielo que había envuelto su corazón.
Miró fijamente a los profundos ojos de Noah y no descubrió ningún rastro de lástima o incertidumbre, solo una protección inquebrantable y una ternura sin límites.
Sus nervios, tensos como alambres, finalmente aflojaron su agarre, permitiéndole un precioso momento de calma.
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