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Capítulo 106:
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«Por favor». La palabra se le escapó de la garganta, ronca y áspera, temblando por las emociones que había enterrado durante demasiado tiempo. «Ayúdame».
El corazón de Jim dio un vuelco. Rápidamente se agachó, nervioso, y la ayudó a ponerse de pie. «Sadie, ¿qué pasa?», le preguntó con voz urgente pero suave. «¿Qué ha pasado? Me dijeron que solo estabas enferma». La sujetó por los brazos, con manos firmes, tratando de calmarla.
Sadie luchó por contener las lágrimas, con la voz temblorosa mientras pronunciaba las palabras. «Noah me tiene atrapada aquí… aislada de todo el mundo. Tengo que salir. Por favor, ¿puedes ayudarme?». Sus ojos se clavaron en los de Jim, su desesperación era palpable.
Jim se quedó paralizado, el peso de su súplica lo oprimía. —Bueno… —dijo, indeciso, dividido entre la empatía y la preocupación.
Sabía muy bien lo despiadado que podía ser Noah. Si Noah se enteraba de que había ayudado a Sadie a escapar, las consecuencias serían catastróficas. La sola idea de la ira de Noah hizo que un hilo de sudor le resbalara por la sien.
Sadie vio la vacilación en su rostro. Respiró hondo, tranquilizándose, y habló con voz suave pero firme. —No te preocupes. No te meteré en esto más de lo necesario. Solo… distrae a los guardias de abajo. Es todo lo que necesito. Yo me encargaré del resto. Su tono era tranquilo, pero sus ojos ardían con una feroz determinación. Estaba dispuesta a arriesgarlo todo.
Jim vaciló, la lógica carcomiéndole.
No era mucho, solo una simple distracción.
Inofensiva, o eso parecía.
Como si sintiera su lucha interna, Sadie aprovechó su ventaja. Su mano temblorosa se movió hacia su abdomen.
—Ayer… —susurró con voz quebrada—. Noah me trajo de vuelta. Eso… puso en peligro el embarazo. —Tragó saliva con dificultad, con la voz cargada de emoción—. Y hoy he tenido fiebre.
Levantó la mirada para encontrar la de Jim, con los ojos llenos de una mezcla de desesperación y súplica silenciosa.
—Si me quedo aquí más tiempo… o me obligarán a abortar cuando se entere del embarazo… o perderé al bebé por su negligencia.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Apretó los ojos con fuerza y las lágrimas que había luchado tanto por contener finalmente se desprendieron, resbalando por sus pálidas mejillas.
—De cualquier manera… —susurró, con voz apenas audible—. No puedo tener al bebé… Por el bien de mi hijo… tengo que irme.
Jim se quedó paralizado, sintiendo como si dos voces enfrentadas chocaran en su mente.
Una le gritaba que se alejara, que evitara involucrarse en ese lío. La ira de Noah no solo era peligrosa, era catastrófica. Involucrarse podría arruinarlo.
Pero la otra voz, más suave pero más insistente, tiraba de su conciencia. Era la voz de la compasión, del deber, que le recordaba por qué se había hecho médico: para salvar vidas.
Sus ojos se posaron en Sadie, en su mirada atormentada y suplicante, en sus mejillas surcadas por las lágrimas y en su mano temblorosa que protegía su abdomen. Sintió como si algo le atravesara el pecho y le golpeara en lo más profundo.
Jim recordó su juramento, la promesa que había hecho de proteger la vida en todas sus formas, sin importar el costo.
La batalla en su interior se calmó. La compasión superó al miedo.
—Está bien, de acuerdo —dijo Jim, con voz baja pero firme, mientras apretaba los dientes—. Te ayudaré.
Sadie miró a Jim, con los ojos llenos de gratitud y lágrimas brillando como si se hubiera aferrado a un salvavidas en medio de una tormenta.
—No lo olvidaré, te lo pagaré cuando llegue el momento —afirmó con voz entrecortada por la emoción, cada palabra cargada de sinceridad. Jim captó el brillo de agradecimiento genuino en sus ojos y sintió un calor inesperado florecer en su pecho.
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