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Capítulo 994:
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Benico cogió su Browning de la mesa, con la mandíbula apretada y la mirada aguda. «Deja de quejarte. Ve a ver quién es. Si no son los compradores, vuélales la cabeza».
La puerta permaneció cerrada, pero una voz áspera ladró desde detrás del acero. «¿Quién es?».
Elena bajó la voz y la hizo grave, como la de un hombre de mediana edad. «Vengo a inspeccionar mi mercancía».
Benico reconoció la frase. Bajó el arma, pero no bajó la guardia. Preguntó: «¿A qué hora es la cita?».
Elena no se inmutó. «A las once. El vuelo ha aterrizado antes de lo previsto. Llegamos una hora antes de lo previsto».
Los detalles coincidían, y Benico bajó un poco los hombros. Abrió la puerta, pero se detuvo al ver su rostro cubierto. «¿Qué pasa con la máscara?».
Elena no levantó la vista. Su voz era tranquila, pero cortante. «¿En este trabajo? No se sobrevive mostrando la cara».
Benico se detuvo un momento y luego asintió ligeramente. «Tienes razón. Hay que tener cuidado en este negocio».
Se guardó sus pensamientos para sí mismo. Sabía que no debía enfadar al cliente. Sus clientes eran todos peces gordos: líderes mundiales, magnates multimillonarios. Un órgano sano podía venderse por cientos de miles, a veces incluso por millones. La gente normal nunca podría permitírselo. Este negocio clandestino prosperaba gracias a los ricos, y esos clientes ricos les pagaban a todos.
Benico se apartó educadamente y mantuvo la puerta abierta como si lo hubiera hecho cientos de veces. «¿Vienes sola?», preguntó.
Los ojos de Elena brillaron con una rabia silenciosa. Sonrió con aire burlón. «No necesito a nadie más».
Era más que capaz de manejar a esos cabrones ella sola sin sudar ni una gota. Benico no se detuvo en sus palabras, simplemente pensó que era una de esas personas solitarias que preferían trabajar en solitario. Lo que no sabía era que Elena estaba allí para acabar con ellos de una vez por todas.
Benico la llevó por el pasillo principal y salió por la parte trasera.
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El hedor golpeó a Elena al instante: espeso, metálico, inconfundiblemente sangre. Su rostro se tensó. Ese olor no provenía de una o dos víctimas. Estaba impregnado en las paredes. ¿Cuántos habían muerto aquí?
Benico abrió la puerta del sótano y le hizo un gesto cortés con la cabeza. —Las mercancías están abajo. Después de usted.
Elena no dudó. Bajó primero, tranquila y alerta.
El sótano era otro mundo. Era frío, estéril y repugnante. La instalación parecía de primera categoría, con equipos médicos que rivalizaban con los de los mejores hospitales.
Benico sonrió con orgullo. —Aquí es donde extraemos los órganos más tarde. Sabemos lo que hacemos. Cortes limpios. Los mejores órganos que el dinero puede comprar.
Para Benico, las personas no eran personas. Eran solo carne con una etiqueta de precio.
Condujo a Elena a una habitación sellada con un cristal grueso y transparente. Dentro, una joven yacía encogida en el suelo. No se movía, pero tenía los ojos muy abiertos, despierta, aterrorizada, completamente consciente.
Benico hablaba como si estuviera vendiendo un bolso. «Este es tu pedido. Hemos hecho las pruebas: está en perfecto estado. Sin embargo, llegas pronto. La doctora aún está de camino. En cuanto llegue, comenzaremos la extracción».
«Abre la puerta. Quiero verlo por mí misma». Elena habló en un tono tranquilo y muy controlado, bajando las pestañas lo justo para ocultar la fría determinación que ardía en sus ojos.
Benico entrecerró los ojos y miró a Elena con recelo. «Aquí no se hacen las cosas así. Nuestros productos son siempre los mejores que encontrarás. Créeme, todos estaban perfectamente sanos cuando los trajimos. Solo parecen tan apagados porque les hemos administrado un sedante fuerte».
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