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Capítulo 953:
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«Sr. Morrison», dijo Lydia, saludándolo con naturalidad.
Ethan no estaba solo. Tres subordinados lo seguían. Pero en cuanto su mirada se posó en Lydia, su paso se ralentizó. «¿Vas a algún sitio?», preguntó con un tono extrañamente deliberado.
Esta sencilla pregunta la hizo detenerse. ¿Por qué parecía que estaba buscando algo? «Hay alguien esperándome abajo. Solo voy a ver quién es», respondió con sencillez.
Con un silencioso movimiento de cabeza, pasó junto a ella y no dijo nada más.
Una vez que las puertas del ascensor se abrieron, Lydia entró.
Abajo, en el vestíbulo, pasaba el habitual flujo de agentes y visitantes, pero una figura destacaba. Justo en el centro, un hombre con traje negro permanecía completamente inmóvil. Había algo en él —su postura, la forma en que miraba las puertas del ascensor— que lo hacía imposible de ignorar.
En cuanto Lydia salió del ascensor, sus miradas se cruzaron, como si lo hubieran ensayado.
El reconocimiento la golpeó rápidamente. Frunció el ceño en un instante. ¿Qué hacía Jeffry allí?
La mirada de Jeffry se desvió ligeramente cuando sus ojos se encontraron. Erguido en su traje a medida, parecía sereno y tranquilo, la imagen de la autoridad tranquila. La gente que pasaba por allí miraba en su dirección, atraída por él sin saber por qué. No había cambiado. Seguía siendo irritantemente guapo. Pero Lydia no sonrió. Su expresión se endureció. Ya se había desatado una tormenta.
Detrás de sus ojos, algo frío parpadeó. Acortó la distancia entre ellos sin dudarlo, con el rostro impasible y un tono más frío que el acero. «¿Qué haces aquí?».
A Jeffry se le hizo un nudo en la garganta antes de poder hablar. «Te dejaste algunas cosas en mi casa», dijo con voz áspera.
Lydia levantó una ceja. Eso no cuadraba. Estaba segura de que lo había recogido todo la noche que se marchó. Sin inmutarse, lo miró fijamente. «Pues tíralas».
Una sombra cruzó el rostro de Jeffry. La mujer que solía mirarlo con calidez había desaparecido. En su lugar había alguien cuyas palabras le arañaban la piel como el hielo. «Son tuyas. Tú deberías ser quien las tire».
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Lydia no tenía paciencia para discusiones. «Me ocuparé de ellas cuando tenga tiempo», dijo con tono seco.
Sus sentimientos por él se habían desvanecido hacía tiempo, enterrados bajo recuerdos que ya no deseaba tocar. Aun así, volver a verlo despertó algo desagradable en lo más profundo de su ser.
Ella empezó a alejarse, pero Jeffry no había terminado. Le agarró la muñeca con fuerza. «Hoy vendrás», dijo con voz firme y exigente.
Lydia se soltó el brazo y se limpió el lugar donde la había tocado, como si su mano hubiera dejado algo sucio.
Su reacción le impactó como una bofetada. Por un segundo, se preguntó si realmente lo despreciaba tanto.
Una parte de Lydia quería decirle que se largara y que no volviera a aparecer por allí. Pero cuanto antes resolviera esto, antes podría cerrar ese capítulo para siempre. «Está bien. Hagámoslo hoy», dijo, con un tono tan cortante que podría cortar cristal. En cuanto aceptó, algo en el rostro de Jeffry se relajó, como si hubiera ganado una pequeña victoria.
Una vez fuera, los dos caminaron en silencio. Un elegante coche negro esperaba en la acera, sin duda el de Jeffry.
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