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Capítulo 724:
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La corona amarilla brillante quedaba perfecta con su vestido amarillo pálido, haciéndola parecer una princesa salida de un cuento de hadas.
Wesley simplemente asintió con la cabeza, con una mirada de pura satisfacción en su rostro.
Elena no se centró en sí misma, sino en la joven que tenía a su lado. «¿Por qué no estás en la escuela?».
La niña parecía tener unos siete años, una edad en la que normalmente se va a la escuela, pero estaba vendiendo coronas de flores al borde de la carretera.
La niña negó ligeramente con la cabeza. «En la isla no hay escuela para nosotros. Nunca he ido a una».
«¿Cómo te llamas?». Elena se agachó para mirar a los ojos de la niña.
«Lizzie Díaz», respondió ella, con el rostro iluminado. «¡Es usted muy guapa, señorita! ¿Es usted una princesa?».
Wesley no pudo evitar soltar una suave risa.
Elena miró a Wesley y respondió con suavidad: «No, no soy una princesa».
Esta pequeña isla tenía habitantes, pero carecía incluso de las instalaciones más básicas, como una escuela.
«¿Dónde están tus padres?», preguntó Elena.
«Estoy sola», dijo Lizzie, sin mostrar tristeza alguna en sus ojos brillantes.
A continuación, Lizzie se limpió la mano en el vestido y miró a Elena con ojos esperanzados. «¿Puedo cogerle la mano, señorita? Mi abuela dice que tocar a las hadas trae buena suerte. Como usted no es una princesa, ¿quizás sea un hada?».
Elena solía ser reservada y mantenía las distancias, pero, conmovida por la mirada sincera de Lizzie, se ablandó. «Por supuesto».
La alegría de Lizzie era evidente cuando agarró la mano de Elena.
Elena notó la textura áspera de la palma de Lizzie, clara evidencia de un trabajo duro. A una edad destinada al juego y al cuidado, las manos de Lizzie mostraban marcas de lucha.
Los ojos de Elena se quedaron fijos en esas pequeñas manos.
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Avergonzada, Lizzie retiró la mano. «Mis manos no son muy bonitas. Usted tiene unas manos preciosas, señorita. Tengo que trabajar duro para comprar medicinas para mi abuela, que está enferma. El pescador las trae del continente».
La mirada de Elena se intensificó, ocultando sus emociones. «¿Así es como ganas dinero, haciendo estas coronas?».
«Sí, señorita». Lizzie sonrió y levantó una corona. «Recojo flores silvestres de las colinas de la isla. Son muy bonitas y las convierto en coronas». Explicó que cada corona se vendía por unos dólares y que vender dos al día le ayudaba a ahorrar lo suficiente para comprar las medicinas de su abuela cada mes.
Elena le preguntó con delicadeza: «¿Te duelen esas manitas? »
Lizzie respondió con una sonrisa resistente: «No, están bien, señorita». Su resistencia era evidente: se había adaptado a sus duras circunstancias.
Elena miró a los ojos vivos de Lizzie y vio ecos de las dificultades de su propia infancia.
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