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Capítulo 392:
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Elena llegó a la gran mansión de los Spencer con un fino velo de sudor brillando en su piel. Los mechones de pelo húmedos que se le pegaban a la frente daban testimonio del clima opresivo.
Esos días tenían la capacidad de hacer que los ánimos se caldearan.
Justo cuando Elena estaba a punto de entrar, se encontró cara a cara con Karen, que salía.
La expresión de Karen se ensombreció en cuanto vio a Elena. Frunció el ceño y le preguntó con dureza: «¿Qué haces aquí?». Vestida con un vestido sin mangas, Karen se situó en el escalón más alto, con los brazos cruzados y la barbilla ligeramente levantada, en una postura que irradiaba la misma hostilidad de siempre.
Había unos escalones que conducían a la entrada de la casa de la familia Spencer.
Elena se quedó al pie de los escalones, mientras que Karen ocupaba una posición más elevada, mirando a Elena con la misma mirada hostil de antes.
La expresión de Elena se volvió gélida y su actitud indiferente mientras le recordaba a Karen: «Parece que has olvidado algo».
«¿Olvidado qué?», replicó Karen con un tono tan afilado como un cuchillo.
La fría mirada de Elena cautivó a Karen por un momento antes de responder: «Has perdido nuestra apuesta».
Una vez habían hecho una apuesta y el resultado dejó a Karen en el lado perdedor, lo que significaba que estaba obligada a referirse a Elena como «jefa».
Elena había estado muy ocupada últimamente y, como no era un asunto urgente, no había presionado a Karen para que cumpliera su parte del trato.
Pero el hecho de que Elena hubiera optado por el silencio no significaba que Karen pudiera actuar como si la apuesta nunca hubiera existido. Una derrota seguía siendo una derrota, independientemente del tiempo transcurrido.
Los ojos de Elena se volvieron gélidos.
Karen, que acababa de salir de una habitación con aire acondicionado, sintió cómo el calor del sol le enrojecía el rostro y le escocía la piel. Pero cuando se encontró con la mirada de Elena, un escalofrío le recorrió la espalda y le hizo temblar el corazón.
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Enderezando la postura, Karen se irguió instintivamente. El recuerdo volvió a su mente: efectivamente había perdido y se suponía que debía llamar a Elena «jefa» cada vez que se cruzaran.
Pero desde que terminó la competición, Karen no había vuelto a ver a Elena hasta ahora, y casi había olvidado su obligación.
La vergüenza invadió a Karen mientras se tocaba la nariz, con la mirada inquieta, incapaz de encontrar la voz. La palabra «jefa» le parecía una roca atascada en la garganta.
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