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Capítulo 307:
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Una suave brisa acariciaba su cabello, resaltando su belleza etérea que dejaba sin aliento a los espectadores.
Sus ojos brillaban con un espíritu indómito y ardiente, cautivando a todos los que la rodeaban.
La mirada de Wesley se demoró un poco más de lo habitual, recorriendo desde sus ojos hasta su esbelta cintura. Su expresión era indescifrable, pero sus ojos revelaban un destello de algo más profundo, más intenso.
Sacó su teléfono y marcó un número familiar. Sin pensarlo dos veces, Elena respondió la llamada.
La voz de Wesley era baja, casi un susurro. «Ven aquí».
Wesley guió a Elena hacia su coche y le abrió la puerta con un silencioso gesto de asentimiento.
Sin decir nada, Félix se alejó un poco, asegurándose de no ver nada que no debiera ver.
Apretujados en el estrecho espacio, Wesley y Elena se sentaron en el asiento trasero.
Con una mirada cautelosa, Elena habló con voz firme pero prudente. «¿Qué necesita de mí, señor Spencer?».
La respuesta de Wesley fue baja y ronca, cargada de una intensidad subyacente. —Te necesito.
El corazón de Elena dio un vuelco. Se volvió hacia él, con los ojos muy abiertos, buscando en su rostro alguna pista sobre lo que quería decir.
Su expresión indescifrable y su mirada penetrante la hicieron sentir expuesta, como si pudiera ver a través de ella.
De repente, Wesley sacó un documento de su maletín. «Necesito que te unas a mi empresa. Puedes dictar tus propias condiciones», insistió, deslizando el contrato hacia ella.
El título en negrita «Contrato de trabajo» en la parte superior de la página le llamó la atención, aclarando sus ambiguas palabras anteriores.
Elena soltó una pequeña risa, y la tensión se alivió ligeramente. «Sr. Spencer, como le he mencionado antes, no estoy considerando ningún nuevo compromiso en este momento».
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A pesar de sus palabras, Wesley se inclinó hacia ella, y su proximidad la abrumó. Sus rostros estaban tan cerca que el suave susurro de sus respiraciones se mezclaba en el estrecho espacio que los separaba.
Elena retrocedió ligeramente, tratando instintivamente de poner algo de distancia entre ellos.
Pero justo cuando se apartó, la mano de Wesley se extendió y le agarró la muñeca con firmeza.
Ella tiró de su brazo, tratando de liberarse, pero su agarre era inflexible y su fuerza formidable.
Sorprendida, Elena sintió una sensación inesperada recorrer su cuerpo.
Un aroma a cedro, delicado y tentador, le cosquilleó los sentidos.
La mirada de Wesley la cautivó; sus ojos, profundos y enigmáticos, parecían atraerla hacia su abismo.
De cerca, Elena observó los contornos afilados del rostro de Wesley: su nariz pronunciada, la profundidad de sus rasgos, su mandíbula esculpida. Parpadeó, tratando de disipar las desconcertantes emociones que se arremolinaban en su interior.
—Estás sobre mi ropa —señaló Elena, con una mezcla de diversión y enfado en la voz.
Wesley bajó la mirada y se fijó en el dobladillo de su vestido, que tenía atrapado bajo su pierna.
Sin embargo, permaneció impasible y su voz adquirió un tono ronco. —Eres El, ¿verdad? La IP que ataca la red oscura de Earle se remonta a la familia Harper, tienes que ser tú. Ayúdame con el algoritmo de sigilo y te daré todo lo que quieras.
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