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Capítulo 277:
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«¿Estas cuentas?», preguntó Elena con voz ligera, casi desdeñosa. «Puede que sean divertidas para jugar, pero no puedo decir que me hayan conquistado». Javier, que no deseaba otra cosa que hacerla feliz, sintió una leve punzada de decepción.
Sus palabras le hicieron darse cuenta de algo y la niebla de su mente se disipó. Ella no era solo Elena. Era Helena, la mente brillante que daba forma al mundo del diseño de joyas.
Sus ojos se agudizaron con la nueva comprensión. ¿Qué estaba haciendo, tratando de impresionar a Helena con trivialidades?
Mientras luchaba con sus pensamientos, la voz de Elena rompió su ensimismamiento. «Si te gusta, estaré encantada de regalártelo».
Javier levantó la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. «¿Quieres regalármelo?».
Un momento, ¿no le tenía aversión? Entonces, ¿por qué le ofrecía un regalo? ¿Significaba eso que en realidad no le odiaba?
Una ola de alivio invadió a Javier, disipando las sombras que se habían acumulado en su corazón.
En la sala de subastas, Karen y Evelyn estaban enzarzadas en una animada guerra de pujas, y el precio se disparó hasta alcanzar la asombrosa cifra de un millón trescientos mil dólares.
En ese momento, Elena, serena y tranquila, tocó la campana, rompiendo la tensión creciente. «Dos millones».
La sala quedó sumida en un silencio atónito.
Evelyn se detuvo, con la mente acelerada. Tras un momento de deliberación, decidió retirarse, dando un paso atrás con un gesto de resignación.
Karen, impulsada por la determinación y el orgullo, siguió adelante. «Dos millones cien mil», respondió con firmeza.
La siguiente puja de Elena no se hizo esperar. «Dos millones quinientos mil».
Por dentro, Karen hervía, su frustración estaba llegando al límite. ¿Elena se estaba burlando de ella a propósito? ¿Disfrutaba tanto compitiendo con ella?
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Como hija de la acaudalada familia Spencer, Karen estaba acostumbrada a una vida rodeada de lujos. El dinero era lo último que le preocupaba. Pero los Spencer…
El poder de la familia estaba firmemente en manos de Wesley. Sin acciones a su nombre, a Lawrence solo le quedaban unos pocos negocios menores. Gerald y Joseph eran los que financiaban el dinero de bolsillo de Karen. Joseph, que recientemente había caído en el punto de mira de Wesley, estaba demasiado ocupado lidiando con las consecuencias como para preocuparse por ella o financiar sus habituales gastos desenfrenados. Karen, que siempre se había permitido las mejores cosas, ahora veía cómo sus reservas se reducían a unos pocos millones.
En marcado contraste se encontraba Elena, cuyos recursos financieros parecían ilimitados, reforzados por las generosas transferencias de sus padres y hermanos. Su riqueza era formidable, sus activos aparentemente ilimitados.
Con una burla, Karen enmascaró su envidia con desdén. «No es más que una baratija sin valor. No me importa lo más mínimo».
Sin embargo, bajo su fachada desdeñosa, la envidia hervía con fuerza, traicionando sus verdaderos sentimientos.
La subasta ya estaba en pleno apogeo. Aparte de un regalo bien pensado que había conseguido para Javier al principio, Elena no había mostrado ningún interés en volver a pujar. Se mantuvo como una observadora silenciosa hasta que una hierba en una rústica caja de madera le llamó la atención, y su mirada se iluminó con un interés inconfundible.
Esto era lo que había estado esperando: la rara enredadera etérea.
La puja inicial se fijó en un elevado millón. Sin dudarlo, Elena habló con confianza, su voz atravesando los murmullos de la multitud. «Dos millones».
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