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Capítulo 208:
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En el club Empire, la oscuridad cubría la primera y la segunda planta, mientras la música retumbaba en el aire, agrediendo los tímpanos. La sala privada de la cuarta planta estaba en silencio.
Wesley estaba recostado en el sofá, con su rostro exquisitamente hermoso velado por las sombras, y sus delgados dedos tamborileaban un suave ritmo sobre la mesa.
Elena se sentó en el asiento frente a él.
Entre ellos, sobre la mesa, yacía el cinabrio.
Elena había vuelto a empaquetar el cinabrio en una caja barata. Sabía que el cinabrio no sucumbiría a la oxidación. Aunque Marlon había rechazado su dinero, ella tenía la firme intención de reclamar el de Wesley.
—Sr. Spencer, aquí tiene cincuenta millones. Su fórmula valía mucho más que cincuenta millones, por lo que el precio no era en absoluto excesivo.
Los elegantes dedos de Wesley sacaron un trozo de cinabrio de la caja. Bajo la luz, parecía haber bebido sangre, emanando un cautivador resplandor carmesí. Este lote de cinabrio tenía una pureza superior a cualquier otro que ella hubiera comprado antes, prácticamente libre de impurezas.
Wesley transfirió el dinero sin dudarlo. Se enderezó, y su exquisito rostro emergió de la oscuridad. Sus ojos eran oscuros y no se podía discernir ninguna emoción en su profundidad. Levantó ligeramente la mirada y la fijó en Elena, entreabriendo los finos labios lo justo para hablar.
—Ha hecho un gran esfuerzo para adquirir el cinabrio. ¿No quiere algo a cambio?
Los fríos ojos de Elena parpadearon, y su visión periférica captó inadvertidamente el brillo de sus dedos. El anillo seguía en su dedo. Por supuesto que quería algo. Pero en lugar de eso, respondió: —Digamos que estoy estableciendo una relación con usted, señor Spencer.
La expresión de Wesley siguió siendo una máscara perfecta, sin delatar ni alegría ni ira. La mayoría de la gente se habría alegrado con esas palabras, pero él no mostró el más mínimo indicio de placer.
De repente, extendió la mano. Elena, tomada por sorpresa, cayó en su firme abrazo, y sus sentidos se inundaron de un aroma fresco y amaderado. Wesley le levantó la barbilla y se inclinó lentamente hacia ella.
Cuando la mirada de Wesley se cruzó con la de Elena, su aliento rozó suavemente los labios de ella, y su pulgar acarició sutilmente la comisura de su boca.
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La apartada habitación se sumió en un silencio aún más profundo, cargado de una repentina intimidad.
Con su aspecto digno del cine, Wesley dominaba la vista de Elena, acelerando los latidos de su corazón.
Recuperando la compostura, Elena preguntó con un toque de confusión: «Sr. Spencer, ¿qué significa esto?».
Una ligera arruga apareció en la frente de Wesley al detectar un sutil aroma medicinal en ella.
La compostura de Elena le animó a soltar su agarre.
Hoy, Elena llevaba una blusa de satén blanco, que se había deslizado de sus vaqueros durante su forcejeo, dejando al descubierto su esbelta cintura.
La mano de Wesley descansó involuntariamente sobre su piel desnuda. Su voz, ahora notablemente más ronca, reveló sus pensamientos.
«No necesito amigos».
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