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Capítulo 190:
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La niña temblaba, con la mirada baja, y negaba con la cabeza enérgicamente.
En ese momento, Elena sintió que algo iba muy mal. Se fijó en el comportamiento de la niña, que temblaba y trataba de esconderse detrás de la postura protectora de Elena.
Unas marcas oscuras asomaban por debajo de los puños de las mangas de la niña y alrededor de su delicado cuello, lo que llamó inmediatamente la atención de Elena.
Mirando a su alrededor para asegurarse de que estaban solas, Elena bajó la voz hasta convertirla en un susurro tranquilizador. «¿Alguien te ha hecho daño?».
La niña permaneció sin responder, paralizada por el miedo.
Con urgencia, Elena le agarró suavemente por los hombros.
Al ver el rostro de la niña, Elena dio un grito ahogado al reconocerla. «¡Eres tú!». Los recuerdos volvieron a ella: era la alma caritativa que la había ayudado durante la celebración de bienvenida.
Elena sabía que la niña era muda. Con cuidado, le tomó la mano y le escribió un mensaje tranquilizador en la palma: «No tengas miedo». El simple gesto pareció calmar los nervios de la niña. Levantó tímidamente la vista y se encontró con la mirada reconfortante de Elena, y un destello de reconocimiento pasó entre ellas.
Animada por su tranquilidad, Elena se comunicó mediante lenguaje de signos. «Cuéntame qué ha pasado. ¿Quieres que llame a la policía?».
Al mencionar a la policía, la reacción de Kiera Johnson fue inmediata y temerosa. Negó enérgicamente con la cabeza e hizo el signo de «¡Por favor, nada de policía!». Llamar a las autoridades estaba fuera de discusión. Si lo hacía, su padre y su hermano se enterarían de su rebeldía y se negarían a aceptarla de vuelta.
Elena, sintiendo su angustia, la tranquilizó con gestos fluidos. «Está bien, no los llamaré. ¿Puedes decirme si alguien te ha estado causando problemas?».
Elena reflexionó sobre los antecedentes de la niña. Su presencia en el lujoso banquete insinuaba una vida acomodada. ¿Qué podría haberla llevado a esta situación?
Los hombros de Kiera se encogieron, encarnando la miseria, como un cachorro perdido atrapado en un aguacero implacable.
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Agradecida por la ayuda que Elena le había prestado anteriormente, estaba dispuesta a corresponderle. Levantando suavemente la barbilla de Kiera, Elena le preguntó con gestos: «¿Te persigue alguien?».
Tras una breve pausa, Kiera asintió lentamente con incertidumbre.
Elena insistió: «¿Necesitas que te saque de aquí?».
Kiera respondió con un rápido movimiento de cabeza, pero inmediatamente después negó con la cabeza, con el rostro marcado por la confusión interior. Encogida sobre sí misma, luchaba con sus pensamientos. Escapar no era una opción. Su tía seguramente informaría a su padre de su desobediencia, lo que llevaría a que la repudiara.
Esta sombría constatación hizo palidecer aún más el ya pálido rostro de Kiera.
De repente, se produjo un alboroto en la entrada del garaje. Una mujer de mediana edad, flanqueada por un grupo, entró y escudriñó la zona como si buscara a alguien.
Al verlos, Kiera se acobardó instintivamente y se escondió aún más detrás de Elena.
Elena levantó una ceja inquisitiva y preguntó: «¿Han venido a por ti?».
Kiera dudó, con la incertidumbre reflejada en su rostro, y luego asintió con sinceridad. Lanzó una mirada cautelosa a Elena, preguntándose si esta mujer la vería como una molestia. Sin embargo, la idea de regresar la llenaba de pavor. Su tía tenía planes de extraerle un riñón para su primo. Sin su riñón, temía morir y no volver a reunirse con su padre y su hermano. Aun así, la esperanza de que vinieran a rescatarla permanecía en su corazón.
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