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Capítulo 1584:
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Afuera, el coche esperaba junto a las puertas. En cuanto Wesley se subió, Félix y Arion intercambiaron miradas expectantes desde los asientos delanteros.
—Sr. Spencer —preguntó Arion, incapaz de ocultar su sonrisa—, ¿deberíamos recoger a la Srta. Harper y dirigirnos a la mansión?
Tanto Arion como Félix sabían exactamente lo que significaba ese día. Wesley había pasado meses supervisando cada detalle de esa mansión privada, el lugar donde planeaba pedirle matrimonio.
Wesley asintió brevemente.
Arion y Félix se miraron de nuevo, con la emoción reflejada en sus ojos. Por fin había llegado el momento. Después de todos los preparativos, Wesley iba a pedirle matrimonio.
Felix condujo el coche hacia la finca de los Harper.
Cuando llegaron, Wesley marcó el número de Elena. Su voz era baja, sencilla.
«Ven aquí».
Hoy era el cumpleaños de Wesley y ya tenían planes. Elena recogió los gemelos que le había hecho, le dijo a Jolie que saldría por la noche y luego se dirigió a reunirse con Wesley.
En cuanto se subió al coche, Wesley la atrajo hacia él y la abrazó mientras le decía a Arion: «Conduce».
Elena lo miró con curiosidad.
«¿Adónde vamos?».
Una luz misteriosa brilló en sus ojos oscuros.
«Ya lo verás», respondió él, con un tono cargado de una promesa silenciosa.
El coche entró en una extensa finca que Elena nunca había visto antes. Unas enormes puertas se alzaban ante ellos, con guardias de seguridad apostados en cada esquina. Ella miró a su alrededor, frunciendo el ceño, confundida.
«Este lugar no parece estar abierto a los forasteros».
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Todo en los terrenos gritaba exclusividad. Elena no pudo evitar preguntarse qué planeaba Wesley al traerla allí.
Wesley jugueteó distraídamente con su mano, con tono despreocupado.
—Tienes razón. No está abierto al público.
Elena empezó a preguntar: «Entonces, ¿por qué estamos…?»
Antes de que pudiera terminar, los guardias de la entrada se movieron con una velocidad impresionante, abriendo las puertas de par en par e inclinándose mientras el coche pasaba.
La confusión de Elena se intensificó. Si no se permitía la entrada a visitantes, ¿por qué les daban la bienvenida? Ella arqueó una ceja.
«Esta finca… ¿es tuya?».
Wesley solo sonrió y negó con la cabeza.
Ella no estaba convencida. Si no era suyo, ¿cómo se explicaba el trato de alfombra roja?
Él la miró a los ojos y le dijo con voz suave:
—No es mía. Es tuya.
Elena parpadeó.
—¿Qué quieres decir?
Los labios de Wesley esbozaron una leve sonrisa burlona.
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