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Capítulo 1521:
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Sus ojos se agudizaron, su mano se deslizó dentro de su bolso y sus dedos rozaron la daga que siempre llevaba consigo.
Contó en silencio: cinco, cuatro, tres, dos, uno… y luego giró sobre sus talones.
Ellis estaba allí, con la hoja brillando a pocos centímetros de su pecho. Ella lo reconoció de inmediato y bajó la daga.
«¿Por qué estás aquí?».
Las pestañas de Ellis temblaron; su decisión impulsiva de verla lo dejó mudo ahora que se encontraba frente a ella.
Su último encuentro había terminado en amargura, dejando un silencio entre ellos desde entonces.
Cuando Charlette abrió la boca para hablar, el borde de su visión captó un movimiento: una sombra acurrucada contra la esquina de la pared. Su expresión se endureció al instante. Maddox. La había seguido hasta su casa, todavía aferrado a ella, desesperado por sacarle dinero. Apretó el puño con tanta fuerza que le dolió.
Ellis no se percató del cambio en su cuerpo. Tras un largo silencio, finalmente encontró las palabras.
«¿Estás bien?».
Lo único que Charlette quería era distancia: que Ellis se fuera, que estuviera fuera de su alcance. Si Maddox se enteraba de su existencia, Ellis se convertiría en el próximo objetivo. Por eso, su respuesta fue tajante, fría como una navaja.
«¿Qué te importa? No somos amigos».
Sus ojos parpadearon, apagándose al sentir el aguijón. Ella no quería verlo; eso estaba claro. Sin embargo, su determinación ya se había consolidado: iba a perseguirla.
Su garganta se movió mientras hablaba con tranquila certeza.
—Si el matrimonio te parece demasiado precipitado, no hay necesidad de apresurarse. Podemos tomarnos nuestro tiempo, salir juntos y ver adónde nos lleva el camino.
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Ellis sacó una pequeña caja y se la tendió.
«Esta pulsera es para ti».
Charlette se detuvo, mirando el regalo, pero al ver al anciano acechando en la esquina, perdió la paciencia. Le devolvió la caja a Ellis.
«Coge tus trastos y lárgate de aquí», espetó.
«No quiero nada de ti. No te acerques nunca más a mí. Lo digo en serio: no quiero volver a verte en toda mi vida».
No había vacilación en su voz, cada palabra era más cortante que la anterior.
Ellis palideció y apretó la caja con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos como la cal. Ella se negó a darle una oportunidad.
Ellis, más cómodo entre probetas que entre personas, se quedó allí sin decir nada. No era como Louis, que siempre sabía qué decir. Esta vez, con Charlette rechazándolo, no tenía ni idea de qué hacer. Se quedó allí, negándose a moverse.
La ansiedad de Charlette no hizo más que aumentar ante su obstinación por no marcharse, y sus palabras le dolieron aún más.
«¿Estás sordo, Ellis? Te he dicho que te vayas. ¿Qué, quieres que te saque yo misma a rastras?».
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