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Capítulo 1236:
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Al final de la noche, Alleyne fue quien tuvo que sostener a Lance y llevarlo de vuelta al palacio.
Era una ironía amarga. Alleyne era quien tenía el corazón roto, y sin embargo allí estaba, cuidando de su amigo borracho. Un suspiro de cansancio se le escapó mientras cuestionaba su suerte en las amistades.
De vuelta en la tranquilidad de su habitación, Elena finalmente había calmado el inquieto anhelo de Wesley y había centrado su atención en el antídoto.
Cada paso era importante: midió y añadió cada ingrediente al caldero con cuidado, siguiendo la receta hasta que tomó forma una píldora de extraño color. Con cuidado, Elena llevó la píldora a los labios de Wesley. «Prueba esto. Debería funcionar».
Una sombra de duda cruzó el rostro de Wesley. Ese extraño color… ¿Era realmente seguro tomarlo?
Ignorando la mirada interrogativa de Wesley, Elena simplemente le introdujo la píldora en la boca. La rápida disolución provocó sorpresa en el rostro de Wesley. «Sabe dulce», comentó, levantando una ceja.
Tras limpiarse las manos, Elena explicó: «He añadido regaliz. Endulza el sabor, pero no altera el medicamento».
Un instante después, Wesley la atrajo hacia sí y la besó profunda y apasionadamente. Cuando finalmente la soltó, bromeó: «Aún así, no es tan dulce como tú».
Esos besos abruptos ya no sorprendían a Elena. Ahora que el antídoto había comenzado a surtir efecto en el organismo de Wesley, una sensación de alivio se apoderó de ella. Recostándose contra él, cerró los ojos.
Justo cuando el sueño comenzaba a apoderarse de ella, un pensamiento fugaz le vino a la mente: la visita de Lydia a Yoswye debía tener lugar hoy. A estas alturas, Lydia ya debería estar a punto de embarcar en el avión.
Tras terminar su última reunión, Lydia se apresuró a volver a casa. Metió algunas cosas imprescindibles en una bolsa y, sin perder ni un minuto, salió por la puerta.
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Apenas había llegado a la calle cuando una sombra se cruzó en su camino. Al levantar la vista, se encontró con la mirada fija de Jeffry. ¿Por qué había aparecido precisamente allí?
Sin decir palabra, Lydia intentó pasar a su lado, pero Jeffry le agarró la muñeca con fuerza.
Su agarre era fuerte, demasiado fuerte. Las venas se le marcaban en la mano, delatando la tormenta que se escondía bajo su fría apariencia.
Los ojos de Jeffry se posaron en su bolsa de viaje. Algo feroz y tácito crepitaba en su mirada, amenazando con romper su autocontrol.
«¿Adónde crees que vas esta vez?». Su voz sonaba tranquila, pero era imposible pasar por alto el tono salvaje que había debajo.
Lydia recuperó su muñeca y respondió con frialdad: «Adónde voy no es asunto tuyo. No te debo ninguna explicación».
Estaba segura de que, después de todo lo que había pasado en el centro de bienestar infantil, Jeffry desaparecería por fin de su vida. Verlo ahora solo le amargaba el humor. Independientemente de la situación, Lydia siempre prefería romper de forma limpia, ya fuera en el trabajo o en las relaciones. Una vez que algo terminaba, se quedaba así. Pero Jeffry seguía apareciendo, obligándola a revivir viejos errores.
La ira le tensó la mandíbula mientras exigía: «¿Por qué me sigues otra vez? ¿No te he dejado claro que hemos terminado?».
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