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Capítulo 1029:
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Jeffry no podía negarlo: había venido con la esperanza de encontrarse con Lydia. Sin embargo, cuando vio el coche del que ella acababa de salir, una sombra se apoderó de su rostro y todo su optimismo se desvaneció.
Una vez que Lydia pisó la acera, Ethan se alejó en busca de una plaza de aparcamiento. Solo Lydia y Jeffry permanecieron en la acera, con una distancia entre ellos cargada de palabras no dichas.
La irritación brilló en los ojos de Lydia tan pronto como vio a Jeffry. Lo último que quería era tener que lidiar con él.
La mirada fija y evaluadora de Jeffry la recorrió como si intentara descifrar cada detalle. El cigarrillo que tenía en la mano casi se había consumido por completo, el calor le quemaba los dedos, pero actuaba como si no sintiera nada.
Aunque el sol invernal era suave, ambos entrecerraron los ojos como si se enfrentaran a un resplandor intenso.
De repente, el fuerte ardor sacó a Jeffry de sus pensamientos. Sin mirar a Lydia a los ojos, tiró la colilla y la apagó en el cemento con una fuerza que delataba su irritación.
Intentando ignorarlo, Lydia frunció el ceño y desvió la mirada. Pasó junto a él en silencio. Había dicho todo lo que necesitaba decir. Su larga historia juntos le había enseñado exactamente qué tipo de hombre era Jeffry en realidad. Parecía tranquilo y reservado, pero en realidad era dominante y testarudo. Sus últimas palabras le habían hecho mucho daño, y ella estaba segura de que su orgullo le impediría volver a molestarla.
Sin embargo, al pasar, la voz de Jeffry la detuvo, baja e insistente. «Lydia».
Ella dudó, deteniéndose un momento, pero no hizo ningún movimiento para mirarlo. Detrás de unas gafas, algo frío e indescifrable brilló en los ojos de Jeffry. Tragó saliva y trató de mantener la compostura. —Dime —dijo con voz tensa—, ¿qué relación tienes con él?
«¿Él? ¿A quién te refieres?». Por un segundo, Lydia se quedó desconcertada. Se dio la vuelta bruscamente.
Una tormenta se acumulaba en el ceño de Jeffry. «Me refiero a Ethan. ¿Están juntos?».
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Jeffry había hecho sus deberes. Ethan, el director de la Oficina de Seguridad Nacional, era el superior de Lydia en el trabajo. Aun así, Jeffry no entendía por qué su superior también era su chófer.
La mención de Ethan solo hizo que Lydia esbozara una sonrisa burlona. —¿Así es como funciona en tu cabeza? ¿Crees que la única razón por la que un hombre y una mujer aparecen juntos es por romance?
Jeffry vaciló, sorprendido por su respuesta directa.
Lydia se metió una mano en el bolsillo. «Tú no decides con qué tipo de personas paso el tiempo. Y no tengo ningún interés en darte explicaciones. Por lo que a mí respecta, ahora no somos nada el uno para el otro. Así que la próxima vez, actúa como si nunca me hubieras visto. No quiero hablar más contigo».
Los ojos de Jeffry se oscurecieron aún más. El silencio se apoderó de ellos.
A Lydia no le importaba lo que él pensara. Su único deseo era poner la mayor distancia posible entre ella y él, con la esperanza de que sus caminos nunca volvieran a cruzarse. A pesar de las extensas calles y las interminables multitudes de Klathe, Jeffry seguía apareciendo, como una maldición de la que no podía librarse. Cada vez que sus miradas se cruzaban, viejas heridas —que ella había intentado curar— se abrían de nuevo, dolorosas y sangrantes, mientras los recuerdos de su propia estupidez volvían a su mente.
Lydia fijó la mirada en la escalera y comenzó a subir. Las palabras se acumularon en la garganta de Jeffry, pero justo cuando pensaba decir algo, el recuerdo de aquella taza rota le hizo vacilar. Aun así, su nombre se le escapó de los labios antes de que pudiera evitarlo. —Lydia.
Normalmente, la vacilación no formaba parte de la naturaleza de Jeffry. Sin embargo, había algo en su presencia que siempre le hacía dudar de sí mismo.
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