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Capítulo 491:
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Por otro lado, Sophia permaneció en silencio. Tenía el rostro pálido y parecía agotada. Todo lo que le había sucedido la había dejado exhausta.
El aire parecía calmarla un poco, ya que podía oler el aroma del hombre que tenía delante. Pero no quería admitir que le gustaba. Era su loba la que deseaba a su compañero, no ella.
Su loba estaba encantada de que su compañero quisiera que ella fuera su Luna, pero solo ella sabía lo que realmente sentía en su interior.
Su mirada se posó en Bryan, que había empezado a caminar hacia la cabaña de su madre. Corrió detrás de él, tratando de detenerlo.
Pero Robert la agarró de la mano y le dijo: «Deja de actuar como si fuera a hacerle daño a tu madre».
Ella lo miró desconcertada. —Entonces, ¿por qué ha venido aquí?
—Ha venido a verla.
—¿Para qué? ¿Para ver si sigue viva?
Robert la miró con el ceño fruncido, con aire molesto. —La has fastidiado bien, Luna.
Ella parpadeó sorprendida al oír a Robert llamarla Luna. Aún estaba en shock por ser ahora la Luna de la manada.
Giró la cabeza y vio a Bryan entrando en la cabaña de su madre. Lo siguió dentro.
Se dio cuenta de que él miraba a su madre desde la distancia. Sus ojos se fijaron en Bryan. Parecía furioso, como si estuviera enfadado con su madre. —¿Por qué la miras así? Está enferma. Apartad vuestros ojos malvados de ella —murmuró enfadada.
Él no respondió, lo que la irritó aún más. No se sentía cómoda en su presencia.
Al cabo de un rato, lo oyó hablar.
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—Ven a mi casa por la mañana.
—¿Por qué? —preguntó ella, mirándolo.
Él la miró a los ojos y arqueó una ceja.
—Eres una mujer casada, Sophia Ber…
Se detuvo, como si se diera cuenta de que había cometido un error. Dio un paso hacia ella y se corrigió: —Sophia Morrison.
Su corazón comenzó a latir con fuerza cuando lo oyó llamarla así. Apartó la mirada, sintiéndose incómoda bajo su mirada desconocida.
—No iré. Me quedaré aquí con mi madre.
—Tu madre está con mis guardias. Están aquí bajo mi mando. No me obligues a cambiar mis órdenes.
Ella volvió a mirarlo y le lanzó una mirada de disgusto.
Lo señaló con el dedo y dijo: —No puedes seguir chantajeándome así.
Él le agarró el dedo y la acercó hacia él, bajando la cabeza hasta ponerla a la altura de la de ella y mirándola fijamente a los ojos.
«El odio en tus ojos me complace. Lo estoy disfrutando mucho. ¿Por qué no quieres venir? ¿Tienes tanto miedo de verme a la luz del día?». Sonrió con aire burlón e inclinó la cabeza, acercándose para susurrarle al oído con su voz grave.
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