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Capítulo 810:
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Pasó un momento antes de que volviera a hablar. «¿Y si el Sr. Russell pregunta sobre ello? ¿También debo guardar silencio entonces?».
Sin perder el ritmo, Evelina respondió: «Nunca se ha preocupado por mis antecedentes».
Entonces Lena lo entendió. Jasper se preocupaba por su amiga por ser quien era.
Al llegar al sanatorio, Franklin apareció en la entrada junto a Caleb.
«Gracias, doctora Marsh. Le debo una», dijo Franklin. Había algo en su presencia que le calmaba los nervios, como si fuera alguien capaz de manejar cualquier tormenta.
«Primero tendré que evaluar su estado», respondió Evelina, sin prometer nada sobre salvar a Aurora. «Por supuesto. Por aquí, por favor».
Franklin la acompañó directamente a la zona de urgencias y le explicó detalladamente el estado de Aurora.
«La encontraron con cortes profundos en las muñecas, justo antes de las cuatro de la madrugada. Ya estaba débil y, cuando llegó la ayuda, había perdido una cantidad significativa de sangre…».
Evelina escuchó atentamente, dejando de lado sus pensamientos personales para concentrarse en su papel profesional.
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Sin embargo, la urgencia y el temor en el rostro de Franklin la impactaron con una fuerza inesperada.
Recordó cuando era niña y estaba acurrucada con fiebre en una fría habitación del orfanato, sin ningún adulto que le ofreciera consuelo o cuidados. Sin padres, sin médico, sin siquiera una comida decente.
Solo la pura suerte la ayudó a superar aquellos días. Sin ella, quizá nunca habría sobrevivido.
Sus propios padres debían de estar en otro lugar, viviendo felices con Aurora, sin pensar ni un momento en la hija que habían abandonado.
Evelina volvió a centrar sus pensamientos en el momento presente y, con tono gélido, dijo: «Señor Marsh, debe de querer mucho a su hija».
Franklin lo malinterpretó, pensando que ella quería tranquilizarlo. —Aurora llegó a nosotros cuando era una niña. Para nosotros, no hay diferencia entre ella y una hija biológica.
El dolor atravesó el corazón de Evelina. Así que, para ellos, Aurora, aunque adoptada, les pertenecía en todos los sentidos. La niña que compartían por sangre, la propia Evelina, no era más que una pieza de recambio.
El peso de esa revelación hizo que Evelina tropezara, torciéndose el tobillo en el suelo resbaladizo y casi perdiendo el equilibrio.
Lena reaccionó rápidamente, sujetándola con delicadeza. Sus ojos brillaban de preocupación.
—Evelina, ¿te has hecho daño?
—Estoy bien. —Evelina se enderezó, negándose a mostrar ninguna debilidad.
Durante tantos años había sobrevivido sin padres. Podría arreglárselas igual de bien en el futuro.
Una punzada de dolor invadió a Lena al observar a su amiga.
No pudo permanecer en silencio y habló. «Tratas a tu hija adoptiva como si fuera tuya, pero ¿alguna vez piensas en tu hija real? Quizás se mantiene alejada porque siente que no la quieres. ¿Has pensado en cómo se debe sentir?».
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