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Capítulo 595:
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Jasper no la detuvo, pero la tensión en su mandíbula y el fruncido de su ceño decían más que las palabras. «Evelina, ¿de verdad estás pensando en ayudarla? ¿Después de todo lo que te ha hecho?».
Evelina acababa de abrir la boca para hablar cuando Jasper la interrumpió. «Ya te has ablandado con ella. Ella y Margot creyeron las mentiras de Esme, bloquearon a Nadine en el hospital… y eso allanó el camino para que los Hijos de los Dioses te secuestraran. Y ni siquiera les hiciste responsables».
Pero antes de que Jasper pudiera seguir enfureciéndose, un plátano pelado aterrizó en su boca, interrumpiendo sus siguientes palabras.
Evelina le entregó el plátano con una sonrisa tranquila. —Lo sabes todo sobre mí. ¿De verdad crees que mostraría piedad hacia personas que me han apuñalado por la espalda?
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Señaló hacia la ventana. —Mira, ahí está Margot. Apostaría mi último dólar a que ha venido a sacarle dinero a su madre. Solo quiero ver el espectáculo».
Después de todo, una vez que se fuera de Aglonard, no volvería a haber colgados de cortina como este.
Solo entonces Jasper se fijó en que Margot cruzaba la calle corriendo hacia Elora.
A diferencia de Elora, que vestía ropas gastadas por el paso del tiempo, Margot seguía manteniendo la apariencia de elegancia.
Pero a medida que se acercaba, las grietas en la ilusión se hicieron evidentes. Su maquillaje era pesado y desigual, y su ropa parecía haber perdido su brillo hacía mucho tiempo: eran prendas baratas de una tienda de segunda mano. Pasó junto al coche con paso firme, con hilos colgando de las mangas como los cabos sueltos de una vida deshilachada.
En cuanto pasó, una espesa nube de perfume sintético invadió el coche.
—Mamá, dame dinero —exigió Margot, extendiendo la mano con la misma audacia de siempre.
—Te di doscientos ayer mismo. ¿Cómo demonios los has gastado tan rápido?
Elora, que antes era generosa con sus hijos, ahora dudaba incluso en gastar cien. Cada moneda había empezado a pesar mucho en su conciencia.
Evelina no pudo evitar recordar cómo, durante sus visitas a Cary, Elora insistía en comidas extravagantes y le exigía que se levantara al amanecer para buscar los ingredientes más frescos en el mercado local.
Sin embargo, cuando Evelina regresaba con los brazos llenos de comestibles, Elora le tendía la mano y le pedía los recibos.
Pero los vendedores ambulantes no ofrecían recibos.
Sin ellos, Elora se negaba a reembolsarle ni un solo centavo, pero seguía esperando comidas lujosas dignas de un banquete.
Y una vez terminada la cena, se limpiaba la boca y dejaba atrás una montaña de platos, como si su parte terminara en el momento en que se llenaba el estómago.
La misma mujer de lengua afilada se dedicaba entonces a quejarse: «¡Las nueras de hoy en día son increíbles! Visito a mi hijo, como solo una comida y ¡se atreve a pedirme que pague la compra! No volveré nunca más».
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