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Capítulo 556:
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Quería estar con ella para siempre, sin separarse nunca.
Evelina se quedó sin palabras.
Él no sabía qué efecto le estaban causando sus palabras. Pensaba que estaba pintando un futuro, mientras que ella se ahogaba en recuerdos. Su familia. ¿Honesto? ¿De buen corazón?
Entonces, ¿cómo habían muerto sus padres? ¿Por qué era huérfana?
«¿O tal vez quieres una propuesta formal esta vez?», continuó Jasper, con voz llena de expectación.
Sentía que la anterior propuesta privada no había sido lo suficientemente grandiosa ni formal: Evelina se merecía algo mucho mejor.
Antes de que Evelina pudiera decir que sí, estaba decidido a preparar una propuesta que la dejara completamente satisfecha, una que permitiera al mundo ser testigo del momento más importante de sus vidas.
«Yo… yo quiero…». Se le hizo un nudo en la garganta.
Era el momento. Era su momento para liberarse, para decir la verdad y acabar con todo. Pero entonces, una luz cegadora atravesó su visión.
Instintivamente, levantó la mano para protegerse los ojos, solo para ver un camión que se dirigía directamente hacia ella.
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El tiempo se ralentizó. Su corazón se detuvo.
De repente, volvió a tener dos años. Acurrucada en los brazos de su madre. Su padre conducía, y el coche se llenaba de canciones de cuna desafinadas mientras ella reía, segura y feliz.
Entonces llegó el chirrido. Las luces cegadoras. El choque. El camión había salido de la nada, igual que este.
Y en un cruel segundo, todo su mundo se había derrumbado.
¡Bip!
Un coro ensordecedor de bocinas de coches resonó en el aire, haciendo que el paraguas de Evelina cayera al suelo.
Junto con el paraguas, su teléfono, aún conectado a la llamada, se le resbaló de las manos y se estrelló contra el pavimento.
Al otro lado de la línea, lo único que Jasper oyó fue el sonido agudo del teléfono al romperse. Luego se produjo un silencio repentino cuando la llamada se cortó. El pánico se apoderó de él al ver que sus intentos por volver a conectarse fracasaban. Por más que marcara, la llamada no se conectaba.
La desesperación lo carcomía. No tenía más remedio que llamar a Nadine.
Nadine, aferrada a su propio paraguas, corrió por el camino que había tomado Evelina, con el corazón acelerado. «¡Señora Marsh! ¿Dónde está, señora Marsh?».
Su mente se llenó de remordimientos. Había estado tan absorta por la avalancha de buenas noticias de ese día que no se había dado cuenta de lo pálida que estaba Evelina cuando salió de casa.
Ahora, al recibir la llamada de Jasper, se le hizo un nudo en el estómago. Estaba demasiado asustada para responder, pero no podía ignorar su deber hacia él.
«Lo siento, señor Russell. Es culpa mía. La Sra. Marsh no está en casa. Se fue diciendo que iba a comprar aperitivos. He revisado las imágenes de las cámaras de vigilancia y estoy siguiendo la ruta que tomó. Llevaba un paraguas, así que no puede haber ido muy lejos…».
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