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Capítulo 451:
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Si hubiera arreglado a Margot, peinándola y retocándole el maquillaje, los invitados masculinos podrían haber visto a una chica encantadora y haber apostado por ella. Pero la compasión no era rentable. La casa quería un espectáculo, no simpatía.
«¿Encantadora? ¿Estás ciega o qué?», gritó alguien desde una mesa, provocando una ronda de risas.
En cuanto la anfitriona dio la señal, las apuestas comenzaron a llover, y la mayoría se decantó por la serpiente.
Jasper se recostó en su asiento, completamente indiferente, y deslizó la tableta hacia Evelina. «Tómate tu tiempo. Tenemos un minuto entero».
Pero Evelina notó algo extraño. El temporizador de la pantalla no contaba los segundos, sino que los devanaba rápidamente.
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«Solo es un juego», dijo Jasper con frialdad. «En el peor de los casos, perderemos un poco de dinero. Considéralo el precio del espectáculo».
Evelina asintió y extendió la mano hacia la pantalla. «Entonces voy a por la serpiente». Pero cuando su dedo se cernió sobre la opción, resbaló y aterrizó en la opción opuesta.
«¡Oh, no!», exclamó. «Ha sido un error. ¿Puedo cambiarlo?».
La presentadora sonrió dulcemente, pero sus ojos brillaban de satisfacción. «Lo siento, no se pueden repetir».
Evelina se fijó en cómo la presentadora miraba a Jasper, como si ya lo estuviera desnudando con la mirada. Esa mirada le hizo sentir un calor que le recorría las venas. Se puso de pie, bloqueando la vista de la presentadora. «¿Y si mi marido pide que se reinicie?».
La sonrisa de la anfitriona se amplió, sin vergüenza. «Bueno, podría reconsiderarlo… si ese hombre tan guapo me dejara echar un vistazo a lo que hay debajo de esa camisa».
No llegó a terminar.
Un plátano voló por los aires y le dio de lleno en la nariz.
—¡Zorra asquerosa! —gritó Evelina—. Vuelve a coquetear con mi marido y te aplastaré los ojos con mi tacón.
La sala se quedó en silencio. Evelina se sentó junto a Jasper, furiosa.
Cogió otro plátano y lo pasó casualmente de una mano a otra, sin apartar la mirada de la anfitriona. Era una advertencia silenciosa.
La anfitriona se tambaleó, con la nariz palpitante.
Llevaba meses dirigiendo este espectáculo y había tratado con todo tipo de invitados, pero nunca con uno tan descarado como Evelina.
Y para empeorar las cosas, la puntería de Evelina había sido letalmente precisa: el plátano le había dado de lleno en la nariz, sacudiendo tanto su orgullo como su paciencia.
«Una explosión más y te vas. Este establecimiento no tolera ese tipo de comportamiento».
«Si tuvieras algo de decencia, no te exhibirías ante el marido de otra persona», replicó Evelina.
Con Jasper a su lado, no tenía miedo. Ni de las normas, ni del castigo, ni siquiera de la serpiente.
Pero ese lanzamiento no había sido aleatorio.
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