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Capítulo 447:
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Quinton estaba furioso, pero atrapado. No tenía otra opción. Después de todo, ellos eran la verdadera presa que buscaban los Hijos de los Dioses. Todo el elaborado plan —secuestrar a Nadine y Tasha— no había sido más que un cebo para atraerlos directamente a la boca del lobo.
La seguridad en el sótano tres era aún más estricta de lo que esperaban.
Primero, Quinton pasó por escáneres de huellas dactilares y faciales como si fuera una cámara acorazada de alta seguridad. Guardias armados seguían cada uno de sus movimientos mientras conducía a Evelina y Jasper al interior.
Parecía la sala VIP de un cine subterráneo de élite. Cada invitado descansaba en cabinas semiprivadas, lo suficientemente aisladas como para susurrar secretos, pero lo suficientemente abiertas como para apostar y regatear.
¿A alguien no le gustaba el sirviente que le habían asignado? No había problema. Podían cambiarlo como si fuera una mala mano de cartas. Los sirvientes deambulaban entre las cabinas como si fueran mercancía en exhibición.
En el centro de todo había una jaula enorme.
Dentro esperaba aquello por lo que estaban apostando.
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Cuando Evelina pasó por delante, una oleada de náuseas la invadió.
El hedor la golpeó como un puñetazo: metálico, podrido, sangre.
No era fresco. Era viejo. Fétido. Como algo, alguien, abandonado a pudrirse en la oscuridad.
Su pulso se aceleró, golpeando contra sus costillas.
Dios mío. ¿Era esto lo que les esperaba a Nadine y Tasha? ¿Estaban destinadas a ser el próximo «juego» dentro de esa jaula?
—¿El juego ni siquiera ha comenzado y la señorita ya parece haber visto un fantasma? —se burló Quinton, con voz cargada de fría mofa.
Una vez dentro del sótano tres, todos los invitados eran despojados de su identidad: sin nombres, sin rostros, nada más que las sombras en las que se convertían.
La mirada de Jasper se agudizó, cortando el aire como una espada desenvainada. Por un momento, Quinton sintió el peso de esa mirada sobre él, tan intensa, tan fría, que juró que podría partirlo en dos. Le temblaban las rodillas y su sonrisa arrogante desapareció. Con un rápido movimiento de cabeza, cayó en un silencio obediente y se retiró a su lugar.
Jasper, sin embargo, centró su atención en Evelina. Con un gesto reconfortante, la atrajo hacia él y le susurró con voz tranquilizadora: «No tengas miedo. Estoy aquí». Evelina apretó con fuerza su mano, lo que la ayudó a mantenerse firme. Poco a poco, el pánico comenzó a disiparse.
Si fuera ella la que estuviera en esa jaula, no estaría tan asustada.
Tasha era delicada, una universitaria de voz suave, completamente indefensa allí. Si la hubieran metido en esa jaula, habría sido como arrojar un cordero a la guarida de un lobo.
—Las cabinas con luz verde están todas ocupadas —dijo Quinton, ahora con un tono sorprendentemente educado—. Las que no tienen luz siguen libres. Elige la que quieras.
No era tonto. Después de esa mirada de Jasper, sabía que era mejor no cruzarse en su camino. Si Jasper alguna vez regresaba a la superficie, acabar con un miserable como Quinton sería tan fácil como aplastar una mosca.
Evelina echó un vistazo a las cabinas. La primera fila estaba vacía, naturalmente: nadie quería sentarse tan cerca del horror.
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