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Capítulo 445:
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Pero Evelina, rápida como siempre, rodeó con sus brazos la cintura de Jasper y bromeó: «Bueno, mi prometido tiene el tipo de cuerpo que hace que cualquier cosa le quede bien».
Quinton miró a Jasper y tuvo que levantar la vista. Jasper era casi una cabeza más alto, de hombros anchos, extremidades largas y un torso perfecto en forma de V que hizo hervir la sangre de Quinton.
La muestra casual de afecto entre ellos le pareció una afrenta personal. ¿Estaba allí solo para que lo atormentaran?
El ascensor llegó al sótano tres y Quinton, aprovechando la oportunidad, les entregó una tableta a cada uno.
Evelina estaba a punto de comentar sobre la carcasa de color oro rosa, bastante elegante, en realidad, cuando la pantalla se iluminó y la dejó paralizada.
La interfaz mostraba un catálogo. De hombres. Fotos de cuerpo entero, alias, edades y… «especialidades».
Al principio, Evelina descartó los nombres: «Deep Dive», «The Pillar» y «Tongue Tornado». Solo tonterías exageradas, pensó.
Luego, echó un vistazo a la pantalla de Jasper y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Su tableta estaba llena de perfiles de mujeres: edades, apodos y fotos desnudas, cada una en poses provocativas o apenas cubiertas.
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Las «habilidades» que aparecían junto a ellas le pusieron la piel de gallina: «Fuego y hielo», «Baño en pareja» e incluso «Especial trío».
Se le revolvió el estómago. Esto no era solo un casino. Era un club sexual de lujo encubierto.
Jasper miró la pantalla y, sin decir una palabra, le pasó la tableta. En ese momento, deseó al instante no haber venido y, más aún, no haber permitido que Evelina viniera.
Evelina hojeó rápidamente ambos catálogos. No había rastro de Nadine ni de Tasha. Un lento suspiro de alivio escapó de sus labios y luego tiró ambas tabletas.
«¿Qué clase de operación enfermiza es esta?», gritó. «Secuestran a gente guapa solo para…». Ni siquiera pudo terminar la frase. Las palabras le revolvían el estómago.
Quinton ni siquiera parpadeó. «Se ofrecieron voluntarias», dijo con frialdad. «Pagan mejor que ganarse la vida a duras penas fuera».
Sin previo aviso, Evelina le propinó una patada fuerte y punitiva entre las piernas. «¡Esto es ilegal!».
Quinton se desplomó hacia delante, con un gemido gutural escapándose de su garganta mientras las venas de su cuello se hinchaban por el esfuerzo, pero incluso en medio del dolor, el bastardo se las arregló para sonreír con sorna.
«Nadie entra en la arena sin elegir un compañero», dijo con voz ronca. «Esas son las reglas.
Elige uno… o vete».
Evelina y Jasper se quedaron paralizados. No se trataba solo de un salón de lujo perverso, sino de una trampa. Cuidadosamente diseñado para atrapar a todos los invitados con tentaciones y vicios, amordazándolos con la vergüenza y el deseo persistente.
Una vez atraídos, se les ofrecía un elenco rotativo de «sirvientes dispuestos», cada encuentro diseñado para ser más embriagador que el anterior.
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