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Capítulo 1698:
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Gillian se preguntó si este hombre había estado intentando deliberadamente crear una brecha entre ella y Christina, sembrando la duda y enfrentándolas entre sí. Qué plan tan despreciable.
Su animadversión hacia Alban se intensificó. Sin embargo, un detalle le rondaba la cabeza. Dado que Alban era capaz de hablar apreshiano —un idioma que ella misma no entendía— con Christina, ¿por qué había cambiado al lionesspawiano? Si no hubiera podido seguir la conversación, no habría tenido oportunidad de defenderse. ¿O acaso quería que ella respondiera en voz alta, sabiendo que cualquier explicación no haría más que aumentar las sospechas de Christina?
Qué despreciable.
Cuanto más le daba vueltas a Gillian, más ardía su temperamento. Su aversión hacia Alban creció hasta que se sintió tan enfurecida que podría haberle dado una bofetada, pero solo se limitó a hervir por dentro. Levantar la mano a alguien era impensable, y no iba a arriesgarse. Aun así, este encuentro la dejó con una firme resolución: mantener la mayor distancia posible de aquel hombre.
Tenía que centrarse en lo que importaba. Servir a la familia Jones como es debido, ganarse un puesto fijo, aferrarse a ese cargo fiable y respetable… para poder darle a su hija un futuro seguro.
Al principio, a Alban le había parecido divertida la indignación de Gillian. Pero entonces percibió un destello de auténtica repulsión en su mirada, y un dolor leve e inexplicable le atravesó el pecho. Frunció ligeramente el ceño. No podía entender por qué había reaccionado así; no era propio de él, especialmente en lo que a mujeres se refería.
«Sr. Martel, ese pequeño intento de provocar un conflicto ha sido bastante grosero», dijo Christina, dando un paso adelante y pasando el brazo por el de Gillian. «Ella está bajo mi protección. No creo que sea ninguna espía que usted haya enviado».
Gillian nunca había esperado una fe tan incondicional. La emoción la inundó al instante: le ardían los ojos y sus llamativas pupilas esmeralda brillaban con lágrimas contenidas. Aparte de sus padres y su hija, casi nadie había confiado en ella tan plenamente. Christina fue la primera en mostrarle tal confianza y la primera en salvarla tanto a ella como a su hija. Para Gillian, Christina se asemejaba a una presencia divina que la había rescatado del borde de la muerte, concediéndole un tiempo precioso con su hija y la oportunidad de verla crecer. Estaría encantada de dedicar toda su vida a servirla, porque Christina no merecía nada menos que una lealtad inquebrantable.
—Tu seguridad es admirable —comentó Alban, levantando su copa—. Salud.
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Christina miró brevemente la copa levantada, no dijo nada y tocó la suya contra la de él. Ambos bebieron con una compostura natural.
—Me voy a marchar —dijo Alban, con una leve curva en los labios.
Christina lo vio marcharse con expresión impasible, pero no pasó por alto la mirada deliberada que él dirigió hacia Gillian al girarse. Estaba segura de que había sido intencionado: un último intento de sembrar la semilla de la duda. No tendría éxito.
Gillian miró con ira su figura alejada, aún furiosa. Cuando se volvió y se encontró con la cálida sonrisa de Christina, se apresuró a explicarse. «De verdad que no tengo nada que ver con él. Ni siquiera sé quién es».
«No te preocupes. Confío en ti», dijo Christina con dulzura.
Aún inquieta, Gillian preguntó con cautela: «¿De verdad me crees?». Este puesto lo era todo para ella. No podía permitirse perderlo.
«Sí», respondió Christina, girando lentamente su copa de vino, con voz firme y serena. «Pero cualquiera que me traicione se enfrentará a consecuencias inimaginables».
«Lo entiendo. Nunca te traicionaría», respondió Gillian sin vacilar. Solo una tonta traicionaría a alguien que le había mostrado tanta generosidad, alguien que se había convertido en su salvadora. Si la operación tenía éxito, su propia vida pertenecería a Christina. Una deuda como esa nunca podría pagarse en una sola vida.
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