De Exesposa Humilde a Magnate Brillante - Capítulo 1354
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Capítulo 1354:
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Pero si alguna vez le fallaban, si alguna vez le hacían daño, Davina sabía que no dudaría en hacerles arrepentirse.
—Cuida bien de Davina —le dijo Christina a Ralphy por última vez antes de darse la vuelta para marcharse.
—Lo haré —respondió él con firmeza.
Juntos, Ralphy y Davina vieron cómo la figura de Christina desaparecía por el pasillo. Los ojos de Davina se posaron en la silueta de su amiga que se alejaba, y una pizca de renuencia nubló su mirada amable.
La noche envolvía el mundo en silencio. La tenue luz de la luna se filtraba a través de las cortinas, proyectando sombras plateadas por toda la habitación. Christina se revolvió inquieta en la cama, con el ceño fruncido. Un brillo de sudor frío se aferraba a su frente.
Sus labios temblaron, formando palabras que escaparon en un susurro entrecortado. «No… no… . Joelle… por favor, no mueras…». Su voz temblaba con un dolor impotente.
En su sueño, Christina volvía a estar en esa pesadilla, con las manos temblorosas acunando el cuerpo sin vida de Joelle Schneider. Las lágrimas le corrían por la cara mientras suplicaba con voz ronca y desesperada: «No mueras, por favor… ¡por favor, no mueras!».
Sus gritos resonaban en la oscuridad de su mente. En el mundo real, sus suaves sollozos rompían el silencio de la noche, su susurro se repetía como una súplica al cielo. «Te lo ruego… no te mueras…».
Estaba atrapada, obligada a revivir una y otra vez el momento en el que había intentado salvar a Joelle. Pero por mucho que gritara, por mucho que se aferrara a ella, el cuerpo de Joelle solo se enfriaba entre sus brazos.
Cada segundo de ese recuerdo le abría nuevas heridas en el corazón.
Christina se apretó contra el cuerpo inmóvil de Joelle, temblando mientras intentaba compartir su calor, tratando de devolverle la vida al cuerpo moribundo de Joelle.
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Pero nada funcionó. La mujer que siempre la había protegido había muerto para salvarla. Y Christina no pudo hacer nada. La impotencia la consumía, un tormento más agudo que cualquier cuchillo.
En su dolor, maldijo al destino mismo, su crueldad, su indiferencia, mientras sus gritos rasgaban la noche hasta que su garganta quedó ronca y en carne viva.
En ese momento insoportable, añoró a la Joelle que una vez le había parecido intocable: fría, distante, inalcanzable. Si Joelle hubiera seguido siendo así… quizás aún estaría viva. Si Joelle no se hubiera preocupado por ella, no hubiera intervenido, no se hubiera involucrado con ella, tal vez no habría muerto.
Ese pensamiento atravesó el pecho de Christina como un cuchillo.
En el fondo, Christina siempre se había culpado a sí misma. No se lo contó a nadie. Simplemente lo llevó en silencio, como una herida que nunca sanaba.
Pensaba que había escapado de ello, que lo había superado, pero en realidad solo lo había enterrado más profundamente.
Sus sonrisas, su risa brillante… eran solo máscaras. Detrás de ellas, su alma se marchitaba en silencio.
Quizás, algún día, esa decadencia la devoraría por completo.
Y, sin embargo, no podía morir. Joelle había cambiado su vida por la suya. Christina ya no tenía derecho a desperdiciar esa vida.
La contradicción la había torturado durante años. Quería acabar con el dolor, pero al mismo tiempo se negaba a traicionar a quien había muerto por ella. Así que enterró su desesperación bajo capas de fuerza y silencio, sellándola en lo más profundo de su corazón.
Cuando destruyó por sí sola esa organización de asesinos, lo hizo sin esperar sobrevivir.
Cuando comenzó a correr, de forma temeraria y sin miedo, no buscaba la victoria, sino que tentaba a la muerte.
Cuando se convirtió en la Reina del Boxeo, se dijo a sí misma que tal vez… quizás… algún día, un oponente más fuerte le daría un golpe lo suficientemente fuerte como para acabar con todo.
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