De Exesposa Humilde a Magnate Brillante - Capítulo 1188
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Capítulo 1188:
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Ella lo miró fijamente, completamente atónita, con los ojos llenos de emociones.
No era de extrañar que no lo reconociera. Él no solo le había comprado un coche, sino que le había construido toda una marca.
La comprensión la golpeó con fuerza. Le picaba la nariz, se le nubló la vista y, de repente, Dylan parecía brillar a través de un muro de lágrimas.
Una sola lágrima resbaló por su mejilla y atravesó el corazón de Dylan.
Se inclinó y la besó suavemente para secarla.
—Hay un regalo más —dijo, tratando de desviar su atención, aunque él no la apartó de ella en ningún momento—. ¿Quieres verlo?
«Sí». Christina asintió con la cabeza y se secó las mejillas rápidamente, un poco avergonzada.
Odiaba lo fácil que le resultaba llorar, pero esta vez no pudo evitarlo.
Dylan la condujo hacia el coche. Cuando se acercaron, las puertas de tijera se levantaron. En el interior había una impresionante explosión de rosas de todos los colores imaginables. Parecía como si alguien hubiera metido allí todo un jardín.
—En secreto te llamas Rose —dijo Dylan con voz baja y suave—. Así que pensé… ¿por qué no regalarte rosas de todos los colores?
Su voz la envolvió como el terciopelo, susurrando directamente a su alma. Le provocó un escalofrío.
«¿Te gusta?», preguntó él, casi en un susurro.
«Me encanta», dijo Christina con voz cálida. «Me encanta cualquier cosa que venga de ti».
Más que los regalos en sí, era el amor que había detrás de ellos lo que le derretía el corazón.
El amor de Dylan era real. Eso era lo más valioso en su mundo.
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«Me alegro. Sinceramente, estaba nervioso», admitió Dylan con un suspiro de alivio. «No estaba seguro de si te gustaría algo».
Había tenido las palmas sudorosas todo el día, pero al menos uno de los regalos había dado en el blanco.
Luego, con manos lentas y reverentes, levantó la corona enjoyada y se la colocó suavemente en la cabeza, como un caballero coronando a su reina. «Mi querida princesa…», comenzó a decir, pero Christina levantó la mano y le pellizcó juguetonamente la barbilla.
Sus miradas se cruzaron. Para Dylan, todo lo que había en ella en ese momento —su expresión, su aroma, su energía— era completamente embriagador.
«Hazme tu reina. Llámame Majestad», dijo ella con una sonrisa pícara, sosteniendo su barbilla como si ahora fuera ella quien mandaba.
Dylan sonrió, irremediablemente enamorado.
«Sí, Su Majestad», dijo sin dudar.
Christina se rió, claramente disfrutando, pero cuando intentó retirar la mano, Dylan la agarró.
Él presionó su mano contra su pecho.
Christina podía sentirlo: los latidos de su corazón, firmes y fuertes, como si estuvieran a punto de salirse de su pecho.
El calor de su tacto le calentó todo el brazo. Los latidos de su corazón eran aún más cálidos, la envolvían, firmes y constantes, como una promesa.
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