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Capítulo 91:
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El otoño ya no le resultaba atractivo; solo sentía un vacío frío y hueco que reflejaba el dolor en su pecho.
No quería volver. Solo pensarlo le daba náuseas.
Aquel lugar no era su hogar. No era más que otra de las muchas propiedades de Julian, ¿y ella? Solo otra inquilina, fácil de pasar por alto, fácil de reemplazar.
Pero hoy no tenía otra opción. Tenía que recoger algunas de sus cosas.
Katherine había calculado cuidadosamente el momento de su regreso, suponiendo que Julian estaría en la oficina, como de costumbre.
La tranquila tarde parecía perfecta: sin el servicio, sin interrupciones. Se movió en silencio por el vestíbulo, dirigiéndose directamente al dormitorio. Pero al doblar la esquina, se quedó paralizada. Julian estaba allí mismo.
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No llevaba su traje habitual, sino solo una sencilla camiseta blanca. Sin embargo, seguía sin haber nada de suavidad en él. Sus rasgos marcados y las venas que le recorrían los brazos no hacían más que acentuar su presencia cruda y masculina. Con un vaso en la mano, parecía que se dirigía a la cocina a por agua.
Los dos, ahora distantes y desconocidos el uno para el otro, se quedaron paralizados a mitad de paso. Ninguno de los dos habló, y el silencio entre ellos se volvió denso, cargado de una tensión incómoda.
La mirada de Julian se deslizó por su rostro antes de posarse en su mano lesionada.
Había algo en su expresión, algo difícil de descifrar.
Instintivamente, Katherine se escondió la mano a la espalda.
—Solo he venido a recoger unas cuantas cosas —dijo con tono seco, como si se dirigiera a un desconocido—. Me iré enseguida.
Julian no respondió. Pasó junto a ella y bajó las escaleras. Ella escuchó cómo se desvanecían sus pasos, exhalando en silencio un suspiro que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo.
Solo había vuelto a por su carné de conducir, el pasaporte y algo de ropa.
Al terminar de hacer las maletas, sus ojos se posaron sin darse cuenta en algo escondido en el fondo del cajón: su certificado de matrimonio.
Se detuvo un momento, recordando lo feliz y valiente que se había sentido tres años atrás cuando se casó con Julian. Por aquel entonces, creía de verdad que el amor podía arreglarlo todo.
Ahora, sentía como si la vida le hubiera gastado una broma cruel.
Justo cuando abrió la puerta para marcharse, Julian estaba allí, esperándola. Aunque era él quien le bloqueaba el paso, desprendía un aire de indiferencia.
«Katherine, tenemos que hablar».
Katherine pasó junto a él, pero antes de que pudiera alejarse mucho, él la agarró por la muñeca.
El tirón le provocó un dolor punzante en la mano. Hizo un gesto de dolor y dio un paso atrás. «No queda nada más que decir».
Julian frunció el ceño y la soltó. «En la fiesta te pregunté qué había pasado. ¿Por qué no dijiste nada?». Katherine parpadeó, tomada por sorpresa.
¿Lo sabía?
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