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Capítulo 77:
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Sin decir nada más, Katherine bajó la mirada y se dio la vuelta para marcharse.
A primera vista, parecía delgada y delicada, pero su determinación no vaciló ni un ápice.
Por un momento, Julian la siguió con la mirada mientras se alejaba. Luego le dio una orden en voz baja al conductor. «Sígala. Asegúrate de que regrese sana y salva».
Un asentimiento silencioso del conductor fue todo lo que hizo falta antes de que el motor rugiera al arrancar.
Poco después, Ernest llegó y se colocó a su lado.
Sin mirarlo, Julian habló, con un tono que aún delataba su irritación. «¿Cómo está la situación con Louisa?».
En el instante en que el pie de Katherine se lanzó, él lo detuvo. Sabía exactamente cuánta fuerza podía imprimir en una patada.
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Habiendo crecido con Louisa, Ernest se dio cuenta de que ella había intentado esquivar esa patada en el último momento.
¿Esas lágrimas? Probablemente formaban parte de la actuación, una estratagema para despertar la preocupación de Julian.
—¿Estás pensando en ir a ver cómo está? —preguntó Ernest—. Lo más probable es que lo que le duela más que el cuerpo sea su orgullo.
Julian ni siquiera mostró el más mínimo interés.
«Ya tiene a suficiente gente adulándola. No hace falta que yo sea otro más».
Por la forma en que Julian apretó la mandíbula, Ernest se dio cuenta de que no solo estaba irritado, sino que estaba desconcertado.
Era raro ver a Julian tan inquieto, y Ernest se preguntó quién era realmente esa mujer.
Con expresión pensativa, miró en la dirección en la que se había ido Katherine. Observó las sombras durante un momento antes de decir: «Las cosas se han calentado bastante. Puede que rechace al conductor que le has enviado. ¿Qué tal si pasas por el hospital? Yo me encargaré de que llegue a casa».
Una mirada penetrante atravesó el aire cuando Julian volvió los ojos hacia él.
Esa mirada le recordó el comentario malicioso que Ernest había hecho antes durante la fiesta. Algo sobre noches solitarias y la mujer en cuestión.
—¿Y sin embargo estás pensando en ella cuando tu propia hermana está herida?
Con una pequeña risa, Ernest levantó las manos. —Tranquilo. Solo bromeaba. Sé dónde está el límite. Y no soy tan tonto como para cruzarlo.
La visión de la sonrisa de Ernest encendió un fuego en el pecho de Julian, y la ira lo invadió como una tormenta.
No había forma de ocultarlo: estaba absolutamente furioso.
Al ver esa expresión, Ernest decidió no insistir más. Si Julian no iba a ir al hospital, no intentaría hacerle cambiar de opinión.
Cuando estaba a punto de marcharse, algo le llamó la atención: sangre en la mano de Julian. «Espera un momento», dijo Ernest, frunciendo el ceño. «¿Eso es sangre?».
Julian levantó la mirada lentamente. «¿De qué estás hablando?».
Con un ligero gesto, Ernest le dio un golpecito en el dorso de la mano a Julian, señalando la mancha seca de sangre.
Una arruga apareció en la frente de Julian al recordar a Katherine clavándole el tenedor en el brazo.
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