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Capítulo 75:
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Cuando se giró para marcharse, Julian la agarró de la muñeca y la tiró hacia atrás. Su mirada la atravesó, escudriñándole el rostro como si intentara encontrar a la mujer que una vez había conocido. ¿Era esta la misma Katherine?
No había duda. Era ella.
Había cambiado, consumida ahora por la ira y algo más frío.
Una mirada sombría ensombreció el rostro de Julian mientras su mano se cerraba con fuerza sobre la de ella. Sin dudarlo, la tiró hacia Louisa y la empujó hacia delante. «Pide perdón».
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La exigencia golpeó a Katherine con más fuerza que cualquier golpe físico.
El dolor le atravesó el brazo por su agarre, y su dedo lesionado le palpitaba bajo el guante negro. La sangre se filtraba a través de la tela, invisible para todos menos para ella.
Lo que le dolía más que el dolor físico era la punzada aguda de la traición. Él estaba eligiendo a Louisa.
Si no estuviera tan centrado en mantener esa imagen pulida y cortés, estaba segura de que la habría empujado a un lado solo para complacer a Louisa.
Katherine lo miró. Sus labios habían perdido todo color y temblaban ligeramente. Aun así, obligó a su garganta a funcionar. Su voz salió rasgada, áspera y tensa. «Déjame ir».
Pero sus dedos no se movieron. Su tono bajó a un susurro grave y amenazante. «Vas a pedir perdón. Ahora mismo».
Su mirada no vaciló. Aun cuando la furia de él ardía, su respuesta fue fría y cortante. Una leve y amarga sonrisa se dibujó en sus labios. «Si estás tan desesperado por hacerte el juez y el salvador, adelante, llama a la policía. Que ellos decidan si soy culpable. Tú no tienes por qué darme órdenes».
El frío de sus palabras atravesó la densa tensión que se respiraba en la sala. Al ver que las cosas empezaban a descontrolarse, Ernest intervino rápidamente, con la esperanza de calmar la situación. «Este no es el lugar adecuado, Julian. Es un acto público, así que déjalo estar y mantén la calma».
Julian no parecía oír nada más allá del sonido de su propia ira. Toda su atención estaba fija en Katherine. Su piel se había vuelto cenicienta y el sudor brillaba tenuemente en su frente. No estaba seguro de si ella estaba poniendo buena cara o simplemente desmoronándose. ¿Había empezado Louisa todo esto? Si ella lo había provocado, entonces quizá todo tendría sentido. Pero por lo que había visto, Katherine había atacado primero, con la rabia estampada en el rostro. ¿Qué la estaba llevando al límite de esta manera? O tal vez había algo más profundo que aún no había descubierto.
—¡Julian! —gritó Ernest, esta vez con más fuerza.
Solo entonces sus dedos comenzaron a aflojarse. Aunque su agarre se relajó, su mirada permaneció fija en el rostro exhausto de Katherine. Sus palabras sonaron frías. —Ernest. Lleva a Louisa al hospital.
Algo indescifrable se reflejó en el rostro de Ernest: un destello de sorpresa que no pudo ocultar del todo. ¿Por qué él? ¿No debería ser Julian quien se ocupara de esto?
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